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La Opinión de A Coruña

Pedro de Silva.

El fuero del mantel

Desde el advenimiento de Dioniso, que lo trajo para volvernos algo sagrados, el vino forma parte inseparable de nuestra cultura. Dioniso es un dios joven y esperado, hijo de Zeus y una mortal, en el que se ha querido ver un anticipo del propio Cristo. Por su parte el cristianismo y su nuevo Dios bendicen el vino: no solo es el asunto del primer gran milagro, el de las Bodas de Caná, sino que se integra ritual y físicamente en su sacrificio central. Aunque yo no suela beber vino en la mesa —entre otras cosas porque de tarde hay que tener la cabeza clara si se quiere trabajar— reconozco que es un euforizante para hacer de cada comida un pequeño sacramento. Nadie ha prohibido el vino en la mesa, solo recomendado que no se incluya en el menú y haya que pedirlo (por lo que difícilmente afectará a la libertad), pero está claro que a las cosas de comer la gente no quiere ni que se le acerquen.

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