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La Opinión de A Coruña

Carol Vázquez

La séptima ola del COVID y la vida en guardia

Mascarillas en ristre, colgadas del codo o de la muñeca. Algunos las llevan bajo la barbilla, como a punto. A punto de entrar en un autobús, a punto de hablar con alguien vulnerable, a punto de ponérsela de nuevo si hace falta porque aún entramos en bares y tiendas con el mecanismo de alerta activado.

Una tarde de esta semana, en la cola de un cine, no espera nadie con mascarilla puesta. Una mujer aprieta una, nerviosa. Espera a alguien y la cola ya avanza. A otro le asoma por el bolsillo. Siempre está ahí, si te fijas, solo tienes que buscar con atención. Ya dentro, en la sala, se puede sentir, como una vibración en el aire, y luego en la piel, la duda de si lo estamos haciendo bien. Sí, ya puedes estar 140 minutos en tu butaca con 300 personas en un espacio cerrado sin mascarilla. También puedes ponértela, nadie te lo impide. El cine de hoy es casi igualito al de antes de la pandemia, pero no, no estamos en 2019, cuando nada de esto había sido real, aunque estaba a punto sin que lo supiéramos.

La amenaza de la séptima ola ya está aquí y esa sensación de provisionalidad del ahora no nos abandona. La distancia social y la higiene deberían quedarse con nosotros para siempre, pero una vida profiláctica procesa las emociones mal : una cena y copas con risas y amigos en un lugar bullicioso, una reunión familiar con críos y abuelos y gritos y besos… la profilaxis no es eso. Pero hemos vuelto de cabeza, como la primera zambullida en el mar después de un largo invierno, como si nos hubieran dado una ventana de oportunidad que en cualquier momento puede cerrarse, pero no somos los de 2019. Nadie quiere volver a despedirse de un amigo o un familiar enfermo para siempre a través de una conversación telefónica. Ni que sea por zoom.

Y esa sensación también orbita en nuestro día a día sin mascarilla. La Organización Mundial de la Salud se echa las manos a la cabeza por la rapidez con la que levantamos restricciones. Pero ¿cómo no aferrarnos a los pedazos de la vida de antes cuando sabemos que ya estamos de lleno en una espiral de sustos epidemiológicos?

El “aprovecha mientras puedes” recuerda a los atracones. Los de los turistas del norte que se hierven la piel al sol en nuestras costas porque no tienen apenas luz en sus países, por ejemplo.

Y nos contagiamos de COVID otra vez, y omicrón es más leve, y teletrabajamos o leemos o vemos la tele con un dolor de cabeza moderado, una lata, pero no aquello de las primeras olas.

Pretendemos gripalizar un virus que no es como la gripe. También hospitaliza y mata, pero no tanto. Y sus mutaciones son más imprevisibles, más desconcertantes. La comunidad científica aún no tiene las respuestas que quiere, los recuentos de casos positivos y el control mundial ha perdido nitidez en una foto que ya no nos devuelve la realidad. Pekín está de nuevo al borde del confinamiento, Shanghai prolonga sus medidas extremas, los casos de hepatitis infantil en todo el mundo aún no tienen una causa clara y el impacto del COVID y la relajación de la atención pediátrica general puede estar detrás del resurgir de estos brotes. Contra la hepatitis infantil, de nuevo, el mantra. Distancia social, higiene.

Las migraciones de animales provocadas por la crisis climática, otra de las víctimas colaterales del COVID a la vez que causa, amenaza con la irrupción de nuevas pandemias, señala el último informe de Nature. La mascarilla llegó para quedarse, y lo que venga nos encontrará a punto, en guardia.

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