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La Opinión de A Coruña

Juan José Millás

El trasluz

Juan José Millás

Mucho ánimo

El lunes soñé que soñaba lo mismo que había soñado el martes. Un sueño dentro del sueño. Una caja dentro de una caja. Un día dentro de otro día. Si el domingo tuviera forma de caja grande, aparecería, al abrirla, la caja del sábado, dentro de la cual se hallaría la del viernes y así de forma sucesiva hasta llegar a la del lunes, que sería una caja pequeña, minúscula, como la última de las matrioskas del famoso juguete ruso. Significa que los días solo contienen dentro de sí otro día. Me lo dijo un enfermo mental al que visité hace poco:

–El domingo es enorme, es ancho, alto, tiene mucho volumen, por eso le cabe toda la semana.

La imagen me estremeció al obligarme a imaginar que la vida, finalmente, no fuera más que eso: un día hueco dentro de otro día hueco, una semana hueca dentro de otra semana hueca, un mes hueco dentro de otro mes hueco, un año hueco dentro de otro año hueco… Dentro del año en curso caben todos los años que hemos vivido. Podríamos recorrerlos con la memoria como el que abre mastrioskas en busca de la decepción última. Todos sabemos qué vamos a encontrarnos al final, pero todos caemos en la tentación de efectuar el recorrido. Una matrioska es una antinovela en la medida en la que lo que ocurre en ella es absolutamente previsible: en la medida en la que siempre sucede lo mismo. Ahora bien, se trata de una antinovela curiosa porque te obliga a leerla hasta el final.

De este modo abrimos y leemos la vida, de este modo pasamos del lunes al martes y del martes al miércoles, etc., con la fantasía de que algo ocurra al fin, algo anormal, algo de carácter extraordinario o milagroso, algo que ponga un poco de orden en este mundo lleno de calamidades. Algo que acabe con lo que nos preocupa o que nos abra nuevos horizontes. Los anuncios de la lotería juegan a hacernos creer que eso es posible. El décimo es una caja dentro de la cual quizá haya algo distinto a otra caja. Pero lo normal es que no haya nada o que, con suerte, haya un reintegro: o sea, más de lo mismo. Por lo general, el reintegro lo invertimos en otro décimo y en otro y en otro hasta la decepción final. Lo curioso de esa decepción es que con frecuencia se convierte en un punto de partida. Ánimo, pues.

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