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La Opinión de A Coruña

Soy de Macron

No es que vaya mucho a París, pero cuando voy acudo a visitar a Napoleón en Los Inválidos. Sirve para recapacitar sobre la pequeñez de la grandeza del poder o de lo que hubiera podido ser de España si el pueblo, los frailes o quien fuera, no hubieran deseado a Fernando VII. Una vez fui a Colombey-les-Des-Églises, retiro de De Gaulle: también visité su enterramiento, aunque abrumado por la inmensa Cruz de Lorena que preside la población y por lo provinciano del Museo dedicado al General. Para equilibrar, de vuelta en París, hay que acudir al Muro de los Federados, en el cementerio del Père Lechaise, lugar de fusilamiento de 147 comuneros en 1871 y por donde tenían sepulcro el Comité Central del PCF —costumbre inaugurada por el yerno de Marx—. En el Panteón saludo a Voltaire y Rousseau: viejos enemigos, puestos enfrente el uno del otro para toda la eternidad. En Londres a Marx. En Florencia a Maquiavelo. En Moscú a Lenin, aunque un comentario que hice casi provoca un incidente diplomático. Pero nadie sabe enterrar como en Francia a los que consiguen convertir en hilos imprescindibles de la Historia. Eso me gusta. Admito que es inquietante. Pero se me ocurren cosas peores. Visite usted la cripta de la catedral de Berlín, la de los Capuchinos de Viena o, mismamente, el Escorial. Eso sí da miedo. Muchos reyes muertos y juntos, con sus interminables familias, es como si estuvieran al acecho para regresar, en otra reencarnación genética y constitucional.

Tras estas reflexiones me encuentro mejor preparado para afirmar que me alegré muchísimo de la victoria de Macron. A poco vivo que esté es más prometedor que Marine Le Pen cabalgando por los siglos de los siglos en el caballo de Juana de Arco. Vengo a decir esto, tan obvio, porque desde el domingo no he encontrado a casi nadie que se muestre satisfecho. Salvo los amigos de los amigos de Le Pen de aquí, como Monsieur Feijóo y otros revolucionarios y republicanos del PP. O sea, que los progresistas están perdiendo otra oportunidad de celebrar algo, cada vez más tristes y resignados que un convento de cartujos. No se me ocultan los recovecos, los matices, las aristas, las puntas, los ángulos muertos, las zonas oscuras, los titubeos mentales con que hay que acoger la victoria de un tipo dicharachero pero esquivo: Macron, ese Suárez con más lecturas. Pues claro que él no es lo que muchos demócratas queremos como modelo, aunque pueda prometer, y prometa. Pero el problema es que ya no sabemos poner ni nombre ni familia conocida a nuestro héroe. Todos, en esta esquina de la Historia, ya, somos bastardos de nuestros errores, o de la complejidad incontrolable, o de los tópicos que nos empeñamos en mantener con pertinaz empeño, sentimientos heridos e inteligencia desgastada.

Todo eso nos expulsa de la política. Nos está asentando en otra cosa: una gestoría de sentimientos, una casa de empeño de ideales. Concedo que, quizá, esa será la política del futuro. En tal caso celebremos a Macron como un bautista, un precursor, el que supo hacer del Sena un Jordán con canciones de Zaz y acordeones interpretados por garçons ataviados de chalecos o maillots amarillos. Pero si aún queda algo de política olvidémonos de rechinar los dientes y admitamos que el mal menor es, muchas veces, y casi siempre en los tiempos de desconcierto, el mejor resultado de la política. Otra vez la maldita correlación de fuerzas. La República francesa, cinco veces salvada o reinterpretada, para ejemplo o escarnio del mundo, ha vuelto a suspirar al filo de la campana. Y no sabemos qué pasará en la próxima jugada. Y es desesperante ver el origen de los votos del Le Pen y, lo que es peor, comprobar que hay un declive del civismo en el que está implicado el sujeto histórico que, en buena medida desde Francia, impulsó la democracia y el Estado social. Y sus mitos.

No se trata de encontrar consuelo en la simple resignación sino en entender este resultado, con su corta ilusión y sus peligros, como el único territorio sobre el que repensar algunas pasadas certidumbres. Yo no sé lo que hubiera votado en la primera vuelta, pero es muy posible que a Macron, con tristeza, pero a Macron. A Le Pen no, porque ya hubiéramos querido que Hitler o Petain hubieran tenido delante un suficiente mal menor. Y no se trata de dramatizar sino de advertir que la victoria de la ultraderecha en Francia marca más el destino —también el nuestro— que cualquier otro resultado. Por mal que vayan las cosas, si las que vienen son peores, malditas sean las epopeyas y las utopías. Polonia o Austria, antes de ser invadidas por Alemania, ya no eran democracias liberales, pero había una esperanza en Europa de evolución hasta que Hitler movió sus piezas y sus panzers.

Tampoco hubiera votado socialista: cuando los socialistas se empeñan en suicidarse con perseverancia y elegancia rive gauche son muy tristes y no estamos para melancolía. Me queda la opción de Mélenchon y su frente radicalizado de izquierdas. Reconozco que me gustan muchas de sus propuestas. Pero no me gusta La Propuesta. Me gustan muchas jugadas, no me gusta su deporte. Y no me gusta que quiera cambiar mi terreno de juego. Porque Francia es tan central en la UE que no sólo altera todos los esquemas un éxito de la ultraderecha, sino también el hipotético triunfo de una izquierda como la de Mélenchon: ¡pobre resto de izquierdas en Europa! —con índices de paro o inflación mucho más altos, con sistemas electorales más plurales, con otras culturas políticas que no encuentran raíces en el mismo Estado para siempre imaginado revolucionario—. Me quedaba, pues, Macron, cuya política económica me parece, en parte, cómplice de la lógica que nos trae hasta aquí, pero que quiere mantener el reglamento, la cancha en que esas políticas pueden cambiar. Un margen estrecho. Claro. Pero los líderes que derrotaron al fascismo fueron De Gaulle, Roosevelt y Churchill. No hubiera votado a ninguno de ellos. Pero fueron más consecuentes y lúcidos que algunas izquierdas empeñadas en atajar el fascismo a base de incrementar su base social —la de los fascismos— con el vigor de sus gritos y el sacrificio generoso de sus militancias.

En fin, que bien por Macron. No dispararé tracas, pero estoy un poco más feliz que lo que exige la mera consolación tras el rato de miedo. Una vez más no voy a la moda, a la haute couture ideológica de muchos analistas. Y es que, me parece, pasarnos cinco años repitiendo lo que ya sabemos no ayudará ni un milímetro a que los impulsos franceses lideren o/y se incorporen a otros relatos, a otras alternativas. Los días de gloria no han llegado: todo lo más unas horas en el fantástico decorado del Champs de Mars. Pero creo recordar que Napoleón dijo que la gloria es fugaz, pero la oscuridad es para siempre. Y lo que es casi seguro es que fijándonos sólo en lo peor no aprenderemos a mejorar lo regular.

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