Voy a intentar hilvanar hoy unas palabras, queridos y queridas, intentando desviar momentáneamente la atención del tema al que vuelvo de forma recurrente desde hace más de dos años, y que —a pesar de su importancia crucial— no quiero que termine monopolizando absolutamente estas columnas que les dedico. Sí, pondré todo mi empeño en que ese no sea el principal hilo argumental del texto de hoy, pero les confieso que me cuesta que no sea así. Y es que quizá sea yo de otro planeta, pero me resulta insoportable el ver cómo la sociedad es capaz de mirar para otro lado, cada día más, cuando las impactantes cifras de contagio cantan en cuanto al muy alto nivel de prevalencia de la COVID-19, con un importante impacto de hospitalización y un enorme sufrimiento. Y no, no me vale eso de que “la mayor parte de las personas fallecidas tienen ochenta o más años”. ¿Y qué? ¿Es por ello que tienen que irse, debido a los excesos y la falta de miramientos de los otros? Solamente pensar en la poca empatía de esta sociedad con sus mayores, me produce escalofríos... Y no poca dosis de amargura.

Volveré sobre ello otro día, ya saben que no soy de los que hacen como si nada pasase, pero hoy... hoy intentaré contarles quizá algo más liviano, algo a lo mejor gracioso o, incluso, algún chascarrillo. Podría hablar del atuendo de no sé quién en algún acto más o menos social, de esos que han vuelto a celebrarse con alharaca y todos los focos mediáticos. O, quizá, entretenerme con la eterna cuestión de quién está ahora en el candelero, a quién han quitado para ponerse otros, o qué cambiará en nuestro palmarés político, precisamente para que nada cambie. ¿Hablamos, mejor, de la enésima ley de educación, sin consenso, poco trabajada con el sector y, como todas, abocada a un estrepitoso fracaso debido —entre otras cosas— a la asunción de que ya no hay que aprender casi nada para “triunfar” en este mundo moderno? No sé, o a lo mejor puedo hablar de la panacea universal en este país, el turismo —que nos salvará pero que, por lo de pronto, nos agobia—, o de la compleja, fantástica y edificante actividad de “tomar algo”, “picar”, “tapear” o adorar a esas cervezas que, por lo que se cuenta con convicción desde la presidencia de alguna comunidad autónoma, son sinónimo de libertad.

Perdonen la ironía, pero todo esto ya cansa. No la pandemia, no, que esa está ahí y es parte del proceso de vivir y parte de la Naturaleza. Lo que cansa es el reblandecimiento colectivo, la molicie y la laxitud, la cortedad de miras, la emoción elevada a lo superlativo por delante de la racionalidad y de las perentorias necesidades comunes, o el concurso de psicólogos elevados al más alto rango mediático que tratan como fobia el racional deseo de conservar la mascarilla mientras no se den las condiciones para lo contrario. Y, por supuesto, la caterva de personas iletradas en ciencia que bombardean con verdaderos disparates en redes sociales y foros de todo tipo, denostando las vacunas, las medidas de profilaxis contra un virus que sigue matando y que está ahora mismo en verdaderos máximos en el país, y las necesarias medidas —desgraciadamente ya decaídas— para atajar un problema que a algunas personas, directamente, las manda al otro barrio, sin que todavía tengamos elementos sólidos para discernir el riesgo real para cada uno.

Así están las cosas, queridos y queridas... Pero no, no me pronunciaré sobre ello... ¿Quieren que les hable del tiempo, siempre socorrido cuando no se quiere hablar de lo que importa? Pues escúchenme bien... ¡Viva la lluvia! Siempre he sido de frío, y no comprendo la histeria colectiva, uniformizadora y aplanante, por el calor y el sol abrasador, que poco trae de bueno. A mí me va el frescor, los baños de mar mientras orballa, y el flujo adecuado de oro líquido para asegurar su suministro y la sostenibilidad global, así como el frío suficiente como para que las plagas estén controladas y no sigan apareciendo aquí vectores de patógenos propios de otras latitudes.

Pero no, no les hablaré del tiempo tampoco, porque hoy no dejo de darle vueltas a lo mismo, y es de ley y lealtad que lo comparta con ustedes. Quiero preguntarles... ¿por qué somos tan cazurros? ¿Por qué nos empeñamos en revestir de normalidad lo que es ya una especie de pogromo, de exterminación selectiva, de limpieza de determinadas capas de población, no por el patógeno en sí, sino por la desastrosa gestión —sobre todo individual— de la pandemia? ¿Por qué no hay más conciencia de cómo están ahora realmente las cosas? Y, ¿por qué, sobre todo, no nos importan ya nada los demás? ¿Por qué se sigue usando la coletilla “ahora, tras la pandemia”, cuando esta está vivita y coleando, amenazando a cada uno en particular y, especialmente, a los más vulnerables? ¿Por qué esta sociedad tropieza una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y... ahora siete veces en la misma piedra, en nombre del consumo, del mantenimiento de una espiral endiablada que la lleva al abismo y a la degradación ética?

Vivir para ver... Allá ustedes. Yo, desde luego, no me subo al carro de la presunta normalidad. Ni de broma. Nunca lo he hecho y... ahora menos que nunca me voy a poner a aparentar.