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La Opinión de A Coruña

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Jorge Fauró

Los árboles y el bosque

Desde hace un par de meses, la invasión rusa de Ucrania copa una amplia parte de la atención informativa internacional. La guerra acumula ese conjunto de noticias que merecen encabezar los informativos de radio y televisión, las ediciones digitales de los diarios y las páginas de los periódicos. Además, reúne entidad suficiente para alimentar en el futuro los libros de Historia, cuyos autores tendrán en internet y en las hemerotecas una ayuda fundamental para documentar todos los puntos de vista del conflicto, la personalidad de los principales protagonistas, el drama humano y el papel de la comunidad internacional, de la misma forma que hoy disponemos de una ingente información sobre los enfrentamientos bélicos del siglo XX. A mayor cobertura, por tanto, mayor es el conocimiento puesto a disposición de la sociedad.

La prensa, nos decían en las facultades de Periodismo, es el segundero de la Historia. En virtud de ese aserto, tan lapidario como próximo a la realidad, ha de entenderse que los investigadores presentes y futuros tendrán a su servicio una inmensa bibliografía para acreditar lo que está ocurriendo en el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando el foco informativo se cierne sobre un limitado número de acontecimientos y se presta menos atención a sucesos en apariencia menos relevantes?

Ryszard Kapuscinski —parece que uno no es periodista del todo hasta que no lee a Kapuscinski— contaba lo siguiente acerca de la cobertura de la Guerra de Golfo de 1990: “Doscientos equipos de televisión se concentran en la misma zona. En ese mismo momento, muchísimas cosas importantes, hasta cruciales, ocurren en otras partes de mundo. No importa, nadie hablará de ellas, todos están en el Golfo (…) Si luego, inmediatamente después, hay otro gran acontecimiento, todos se mueven en esa dirección, y todos se quedarán allí sin tiempo de cubrir otros lugares”.

El calibre informativo de la guerra de Ucrania, en el ámbito global, y noticias como las escuchas de Pegasus, en el plano doméstico, es de tal magnitud que a veces sorprende que en las tertulias de radio y televisión se discuta (mucho menos de lo que se hacía en un contexto menos beligerante) de la amenaza sobre el derecho al aborto en EEUU o de la última mujer asesinada. Como dijo el comisionista Alberto Luceño en las grabaciones del caso mascarillas, algunos temas han pasado de las primeras páginas directamente “a la saca”, donde continuarán previsiblemente hasta que otras tormentas amainen.

Según coinciden organizaciones de distintos ámbitos públicos y privados, hay en la actualidad 53 conflictos bélicos activos en el planeta, incluyendo la guerra de Ucrania. Activos significa intercambio de fuego armado, muerte de civiles y militares, crímenes de guerra, violaciones y asesinatos a sangre fría que difícilmente tendrán juicio ni castigo. A 22 de esos conflictos se les considera guerras en los términos en que usted y yo lo entendemos. Hay guerra en Birmania (unos 7.000 muertos en lo que va de año), hay guerra en Yemen (alrededor de 5.000 fallecidos en 2022), hay guerras en Mali, Siria y Somalia, a las que podemos añadir el nunca acabado conflicto de Afganistán o la siempre activa insurgencia de Boko Haram en varios estados de África, por no incluir las sangrías entre la población causadas por el narcotráfico en países de Latinoamérica, básicamente en México, que este año contabiliza la mitad de muertos de Yemen. Salvo casos muy contados, la atención prestada a Ucrania, como antes a Siria y previamente a Afganistán, tiene como resultado —también en palabras de Kapuscinski— “el modo en que el hombre medio se hace una idea de la situación mundial”. O sea.

Los historiadores del futuro tendrán base suficiente como para describir la guerra de Ucrania desde todos los prismas, tanto el de los vencedores como el de los vencidos. En los límites del Donbás se acabará aquello de que la Historia la cuentan los primeros. La excepción —y no son pocas— es la de todos aquellos conflictos donde ahora no hay apenas nadie para contarlo. Y así tendremos a los historiadores del futuro, buceando entre miles de documentos y páginas web, tratando de contrastar la información que en su día nadie contó —porque no quiso o no pudo hacerlo—, enterrados en miles de terabytes de información y publicando cientos de libros y documentales, al cabo de los cuales, las futuras generaciones no tendrán muy claro cuál de aquellos árboles fue el primero con que se plantó el bosque.

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