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La Opinión de A Coruña

Higueras

Organización de Naciones Desunidas

Jamás pudo imaginar António Guterres hasta qué punto anunciaba la muerte de la ONU cuando en septiembre pasado, durante la apertura de la Asamblea General de Naciones Unidas, afirmó: “Estamos al borde de un abismo y moviéndonos en la dirección equivocada”. En su agorero discurso, expuso muchos males que aquejan al mundo y socavan el espejo que representa esta institución, aunque se quedó lejos de prever la debacle que se avecinaba y que lo ha convertido en secretario general de la Organización de Naciones Desunidas.

La trágica guerra de Ucrania ha dado la puntilla a una organización cuyo poder real reside en los miembros permanentes y con derecho a veto del Consejo de Seguridad: EEUU, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. En los últimos años, los cinco han utilizado más que nunca sus posiciones para limitar la actuación de la institución en importantes conflictos como Siria, Yemen, Palestina o Afganistán, pero hasta ahora no se había dado un uso tan torticero y paralizante de una organización cuya misión fundamental es preservar la paz mundial.

EEUU, que juega como le viene en gana con el Consejo de Derechos Humanos —solo se sumó en 2009, lo abandonó en 2018 por el trato a Israel y ha vuelto a incorporarse en 2021—, ha logrado la expulsión de Rusia de este organismo con sede en Ginebra. La votación de la Asamblea General en Nueva York, con fuertes presiones de unos y otros, ha destrozado cualquier atisbo de cooperación para una gobernanza global y dividido al mundo en tres bloques: Occidente, Oriente y No Alineados.

Tras décadas de ninguneo, muchos de los países descolonizados después de la fundación de la ONU han rechazado unirse al bloque de sus antiguos conquistadores. India, la potencia que comienza a agrupar a los No Alineados, basó su decisión en lo que EEUU confirmó días después a través de su secretario de Defensa, Lloyd Austin, que lo que Washington busca en la catástrofe de Ucrania es “debilitar a Rusia”.

Conscientes de que tienen un peso cada día mayor y de que apuestan por un mundo multipolar, alejado de la creciente rivalidad EEUU-China, buena parte de las potencias emergentes, como India, Brasil, Sudáfrica, Egipto, Indonesia y México, junto con otros países de África, Asia y América Latina, se abstuvieron. Defendieron la urgencia de frenar la guerra, pero desatada la inquina histórica entre los dos mayores arsenales nucleares del mundo, sus palabras se perdieron en una ONU incapaz de hacer frente al arma del veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

La Asamblea General adoptó la semana pasada una resolución que permite convocarla cuando se produzca un veto, para debatir la situación que lo ha motivado. Pero ese no es el problema. Cuando nos acercamos peligrosamente a un conflicto nuclear, la cuestión es que en el mundo no hay un país que merezca un escaño permanente en ese órgano de gobernanza, en el que los otros 10 miembros son electos tras un opaco cabildeo y, mucho menos, está justificado el derecho a veto.

En 1945, cuatro de los cinco miembros permanentes eran potencias coloniales. En las casi ocho décadas transcurridas se han independizados 80 de las antiguas colonias, desde India a Sudáfrica, pasando por Kazajistán y Nigeria. Los cinco representaban casi el 10% de los 51 estados fundadores de la ONU, pero hoy solo suponen el 3% de los 193 miembros. Y si entonces representaban a más de la mitad de la población mundial, hoy a poco más del 20%.

La suspensión de Rusia, que salió adelante con el 79% de los 117 votos válidos, requería dos terceras partes de los sufragios emitidos. No contaron ni las 54 abstenciones, ni las ausencias a la hora de votar de 17 estados, incluida Venezuela, que no pudo hacerlo por no pagar su contribución a la ONU, aunque se pronunció en contra. El bloque oriental, que encabeza China e incluye a enemigos declarados de EEUU, como Rusia, Irán y Corea del Norte, sumó 24 países, la mayoría incluidos en la Nueva Ruta de la Seda, la iniciativa estrella del presidente Xi Jinping.

Reducida a un órgano anacrónico que no refleja la relación de las fuerzas actuales y cuyos miembros no tienen la voluntad de hacerla operativa, es hora de que esta Organización de Naciones Desunidas despierte y asuma su deber de contribuir a la paz y a un mundo más justo, más seguro, y más sostenible.

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