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La Opinión de A Coruña

Tino Pertierra.

Solo será un minuto

Tino Pertierra

Un caso raro de felicidad

Fernando: “Estoy cansado de estar cansado. Lo malo es que hay fatigas que no tienen solución, lo cual es muy deprimente teniendo en cuenta que solo tengo 36 años y —si todo va bien— mucha vida por delante. Y lo que hay detrás no ha sido especialmente malo. Tal vez esa sea la causa, no haberme encontrado grandes contratiempos ni obstáculos importantes que superar. Mis padres se esforzaron mucho para que yo no necesitara esforzarme nada. Y como heredé de mi madre una memoria fotográfica y una alta capacidad para casi todas las materias de estudio, saqué siempre buenas notas, incluso excelentes, y aprobé las oposiciones a las primeras de cambio, casi sin despeinarme. Dediqué más horas a los amoríos que a los estudios, y en los primeros no tuve sobresaltos ni patinazos importantes, más que nada porque de mi padre heredé un altísimo concepto de la indiferencia sentimental. Es decir, que podía convencerme de estar enamorado durante un tiempo razonable, nunca muy extenso, y cuando empezaba a darme pereza estar con otra persona en la intimidad buscaba alguna excusa que me dejara en buen lugar y desaparecía. Es verdad, y lo valoro, que estar así te ahorra penas, es un buen protector de estómago y los sufrimientos suelen ser moderados, tirando a irrelevantes. No tengo grandes ambiciones, ni pequeñas ni medianas. No compito, no espero nada de los demás y me alivia saber que tampoco lo esperan de mí. No molesto ni estorbo. Gano lo suficiente para ahorrarme preocupaciones y mi trabajo es tan aburrido que termina siendo relajante. Mis aficiones son tan simples que no me costaría vivir sin ellas. Podría seguir hablando de mí y mis circunstancias, pero empiezo a aburrirme. Acabo: me acepto y no espero que cambien las cosas. Tal vez sea una forma de felicidad”.

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