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La Opinión de A Coruña

El Estado me cuida, ¡qué felicidad!

La libertad es peligrosa. Mal administrada conduce al caos. Imagínense ustedes un colectivo compuesto por millones de seres humanos con poder de decisión. Cada uno por su lado, actuando en función de sus respectivos intereses. Unos por aquí, otros por allá. Y ningún objetivo común a alcanzar. El individualismo llevado a sus últimas consecuencias.

Ahora piensen en las hormigas. Todas organizadas. En fila. Dirigiendo sus cuerpos hacia el mismo lugar día y noche. No tienen nombre ni identidad. El grupo lo es todo. El individuo no es nada. Y, en consecuencia, cada una de ellas se sacrificaría de buen grado en pos de algo superior a su individualidad. Es tan perfecto, tan bello. El orden cósmico proyectado en un pequeño hormiguero, en un diminuto universo. Cada cosa está donde debe estar.

Pero claro, nada de esto sería posible sin el imprescindible liderazgo de la hormiga reina. La gobernante de la colonia. La que goza del poder de decisión sobre todas las cuestiones que atañen al hormiguero, sobre las pequeñas hormiguitas que, como buenas súbditas, una vez recibida una orden, asienten y cumplen. Su vida, por tanto, es sencilla. Y, además, saben que cualquier orden se dará para satisfacer el noble ideal del bien común. Si la reina les dice que acudan a la derecha, allí que irán. Si les ordena que coman saltamontes, eso que ingerirán. Nunca discuten. Porque saben que ella, la jefa, quiere lo mejor para todas, para el grupo.

Los seres humanos, sin embargo, hemos inventado sistemas opuestos a esta armonía natural. En Europa, sin ir más lejos, hemos instaurado imperfectos regímenes llamados democracias donde cada uno, en virtud de unos textos denominados Constituciones, podemos hacer más o menos lo que nos venga en gana. Podemos desplazarnos donde prefiramos, comer lo que decidamos, residir donde queramos (o podamos, habida cuenta el precio de la vivienda) o cubrirnos con los trapos que elijamos. Y nuestros gobernantes, a pesar de gozar de un amplio poder de decisión, habrán de ajustarse a la ley y respetar, en el ejercicio de sus funciones, los derechos fundamentales reconocidos a todo ciudadano.

Los europeos somos, pues, unos insensatos, unos infortunados seres que hemos renunciado a la seguridad, a la tranquilidad e incluso a la felicidad simplemente por gozar de un cierto nivel de libertad. “Libertad para ser consciente y desgraciado. Libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado”, dijo Huxley en Un mundo feliz.

No hemos aprendido nada. Seguimos cometiendo los mismos errores que antaño. Unos errores que nos conducen a la desdicha y a la desesperación. Y todo por la libertad. Por la innecesaria y fatídica idea de libertad. Necesitamos, por tanto, a alguien que nos redima de sus nefastas consecuencias. Un salvador que nos reconduzca y nos guíe por el redil de la armonía.

Por esta razón, queridos lectores, porque nos han hecho ver que la obediencia ciega es el único camino, no nos sublevamos ante las extensas normativas que, desde hace tiempo, ordenan nuestra vida y nos privan, cada vez más, de la libertad que, por nuestra insensatez, conquistamos siglos ha.

Nos dicen que no salgamos a la calle a pasear y no salimos. Nos dicen que nos reunamos telemáticamente y obedecemos. Nos dicen que no fumemos, que no bebamos, que no comamos carne o que reduzcamos el consumo de sal y no protestamos.

Hace unos días sucedió de nuevo. Entró en vigor una norma que reduce los contenidos máximos de sal en el pan con el objetivo de (cito textualmente) “ofrecer a los consumidores un producto más saludable”. Bien podrían haber optado nuestros gobernantes por solicitar a las panaderías la elaboración de dos tipos de pan, uno con el contenido de sal de siempre y otro con menos. Pero esto, obviamente, habría sido desastroso para el ciudadano de a pie, pues le habría puesto en la tesitura de tener que elegir. Y claro, la mera posibilidad de elección provoca desasosiego. ¿Habré elegido bien? La única solución, la que más tranquilidad aporta, es la imposición. Si no tengo otra opción, seguro que habré elegido bien.

Y así con todo. Nuestros líderes conocen la máxima principal: lo más terrible que puedes hacerle a una persona es darle a elegir. De modo que, anteponiéndose al caos, eligen por nosotros y nos libran del peso intrínseco de la libertad.

Es maravilloso. Dentro de poco, si todo va bien, seremos por fin hormigas. Haremos lo que debemos hacer. Sin rechistar, sin pensar. Solo de este modo seremos por fin felices.

¡Adiós libertad! ¡Hola felicidad! Sonríe, ¡que sacan la foto!

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