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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

De cómo cortar cabezas

La crisis provocada por la supuesta ilegalidad de los espionajes realizados por el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) sobre algunos de los políticos catalanes comprometidos con el proceso independentista de ese territorio ha derivado en un escándalo grandioso. Que todavía ha multiplicado su potencia destructiva (como sucede con los huracanes tropicales) al informar el Gobierno que el presidente Sánchez y la ministra de Defensa, Margarita Robles, también fueron espiados.

El argumento victimista de la pancarta España nos roba ha sido sustituido rápidamente por el de la pancarta España nos espía, mucho más sugerente, en la medida que podría aludir a la conducta, harto reprobable, del que acecha escondido la desnudez de una bañista. De la acusación de robar, que es un delito muy feo, hemos pasado a la de espiar, un verbo que se deja acompañar por acepciones moderadas. Por eso mismo, no deja de sorprender que diputados de bonancible carácter como el señor Errejón hayan solicitado “cortar cabezas” para resolver esta crisis.

La expresión “cortar cabezas” nos sitúa, literariamente, ante la imagen atroz del hecho de separar la cabeza del resto del cuerpo humano. Durante mucho tiempo, la espada y el hacha fueron los utensilios adecuados para ejecutar (nunca mejor dicho) esa forma de dar cumplimiento a la pena de muerte. Al menos, entre la gente de cierto nivel social porque a la plebe se le recetaba la horca o el garrote vil que fue una especialidad de gran arraigo en España. Hasta que la Revolución francesa impuso la guillotina, llamada así por el nombre de su inventor, el médico Joseph Guillotin, preocupado por facilitar a los condenados a la pena capital el menor, y más rápido, de los sufrimientos posibles. Y también el más democrático, porque no hacía distingos entre los condenados.

Antes de su utilización masiva en los años de la Revolución francesa (especialmente en el llamado Reinado del Terror) se hicieron numerosas pruebas para mejorar su funcionamiento con cadáveres y con ovejas, en busca del corte más limpio. Un detalle de humanidad que seguramente agradecieron los reyes Luis XVI y María Antonieta y toda la caterva de la nobleza cortesana que los acompañó al patíbulo. Los escolares que disfrutamos de unas películas sobre La Pimpinela Escarlata, un aristócrata amanerado y aparentemente inofensivo, que combatía desde la clandestinidad a la turba revolucionaria, guardamos un grato recuerdo de aquellas filmaciones. Sobre todo, de aquellas en las que se podía ver a unas mujerucas haciendo calceta mientras rodaban cabezas entre gritos de júbilo.

En España también le cortamos la cabeza a una parte de la nobleza castellana. Como a Juan Padilla, el principal jefe de los comuneros que se opusieron a la llegada de los Austrias al trono de España. En cierta manera, Juan Padilla y sus seguidores pueden ser considerados como los precedentes históricos de las actuales comunidades autónomas. Claro que, los Austrias, no admitían bromas con la concepción centralista del Imperio, y le cortaban la cabeza a quienes se opusieran a ello.

Al terminar este artículo, me informan de que la única cabeza cortada durante la crisis de los espías es la de la directora del CNI, Paz Esteban. Una funcionaria de carrera de brillante trayectoria profesional.

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