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La Opinión de A Coruña

Rosa Paz

El difícil empeño de Yolanda Díaz

Dice Yolanda Díaz que el próximo verano empezará el proceso de escucha que le llevará a recorrer en su propio coche, y sin apoyo de partido alguno, todos los puntos del Estado para desde esa experiencia, parecida, por cierto, a la emprendida hace unos años por Pedro Sánchez para reconquistar el liderazgo del PSOE, lanzar su proyecto político y su candidatura a las próximas elecciones generales. Parece más que evidente que la ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda no lo va a tener nada fácil. Para la escucha seguramente no tendrá problema, lo peor será tratar de aglutinar en una única plataforma a grupos tan similares como antagónicos entre sí. No hay más que escuchar las puyas que últimamente le lanza Pablo Iglesias, que fue quien nominó digitalmente a Díaz para encabezar la lista electoral de las formaciones a la izquierda del PSOE, para darse cuenta de las tensas relaciones que la vicepresidenta mantiene con Unidas Podemos, por cuya cuota participa en el Gobierno y que sigue siendo, pese a su decadencia, el principal partido de ese sector.

El exlíder de Podemos ha acusado directamente a Díaz de ser ella quien impuso el nombre de Inmaculada Nieto como candidata de esa alianza andaluza de seis partidos, que costó tanto conseguir, entre otras cosas porque los morados apostaban por su propio candidato, y que dejó fuera del registro de la coalición a Podemos (llegaron a la ventanilla cuando ya se había acabado el plazo) y ahora plantea problemas para el reparto de las subvenciones electorales. Iglesias, en este caso sí, defiende que se debieron hacer primarias. La gestación de la coalición andaluza, que tampoco representa a toda la izquierda postsocialista, ya que en el pacto no participa Adelante Andalucía, el partido de Teresa Rodríguez y Kitxi González, ha sido un ejemplo pernicioso que perjudica las expectativas de esos grupos, pero también ha supuesto un toque de atención para Díaz, que ha podido vislumbrar lo que le espera cuando trate de juntar en una sola candidatura a todas las formaciones izquierdistas tan enfrentadas por matices —o por egos— que a veces solo ellas entienden y que se escapan a la comprensión ciudadana.

A Iglesias parece molestarle que la actitud de la vicepresidenta en el Gobierno sea de pública lealtad a Sánchez y no de abierta hostilidad a los socialistas, a diferencia de lo que hacía él cuando era vicepresidente o de lo que hace la ministra y secretaria general de Unidas Podemos, Ione Belarra, o los portavoces parlamentarios de su partido. Porque esa manera de estar de Díaz, además de los éxitos de su gestión al frente del Ministerio de Trabajo, pone en evidencia la contradicción de los podemistas, que hacen oposición desde dentro del Gobierno por las causas más diversas. Una conducta que, vistos sus últimos resultados electorales y las predicciones demoscópicas, ni les beneficia a ellos ni al conjunto del Ejecutivo que, en medio de tanto ruido, se ve incapaz de reivindicar los aspectos positivos de su gestión, que haberlos, también los hay.

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