Kiosco

La Opinión de A Coruña

Elena Fernández-Pello

El número de teléfono de Dios

La historiadora británica Lucy Adlington ha dedicado su último libro a las 25 mujeres, en su mayoría judías, que atravesaron el horror nazi en el taller de costura del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Del taller de costura de Auschwitz salían los sofisticados modelos que las damas del Tercer Reich, esposas e hijas de sus carceleros y los verdugos de sus familiares y amigos, lucían despreocupadamente en celebraciones familiares y acontecimientos sociales.

Adlington recupera la memoria de aquel taller y de sus costureras y al hacerlo añade una nueva pincelada de crueldad al retrato de aquella infamia. Las modistas de Auschwitz (Editorial Planeta) ahonda en uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de la humanidad y lo hace indagando en las vidas sencillas de sus protagonistas. El libro de Adlington es un trabajo historiográfico riguroso, fácil de leer pero no novelado, que nos acerca a aquellas 25 mujeres que pasaron por el taller de costura de Auschwitz y que se libraron de las cámaras de gas gracias a sus habilidades con el hilo y la aguja, judías y alguna que otra colaboradora con la resistencia francesa. Desde aquel reducto que era el Estudio Superior de Confección, desde el que podían ver el ascenso del humo de los crematorios, las modistas de Auschwitz organizaron su pequeño foco de resistencia. Sosteniéndose por la necesidad y la amistad, unas a otras y entre todas, aquel grupo de mujeres consiguió mantenerse en pie, sin perder su dignidad aunque al ingresar en el campo se las despojaba de todo, de sus familias, de sus ropas, de sus nombres. Estaban desnudas frente a sus verdugos, mientras el Reich presumía de elegancia y, en aquel disparate macabro que fue el régimen nazi, creaba su propia marca textil: la Adefa, la Federación de Fabricantes Alemanes-Arios de la Industria de la Ropa.

En su espacio de trabajo, aunque fuera forzado y ejercido bajo el miedo, entre patrones y costuras, las modistas, algunas jovencísimas, podían recordar quiénes eran y repeler el primer ataque de sus opresores, que consistía en reducirlas a mano de obra fácilmente sustituible, casi a nada. Podían haberse replegado en la frágil seguridad del taller de costura pero desde aquel remanso se mantuvieron atentas a las necesidades de su alrededor y consiguieron salvar algunas vidas, reclamando a otras mujeres con la excusa de atender una demanda creciente de prendas de vestir.

Lo mejor y lo peor del ser humano conviven en el tiempo y en el espacio, eso es algo constatado a lo largo de la historia y el trabajo de Adlington así lo vuelve a confirmar.

La historiadora reconstruye las vidas de las modistas de Auschwitz, de principio a fin, antes de atravesar la pesadilla y tras salir de ella. Contacta y entrevista a la última superviviente viva en el momento en que avanzaba en su investigación, Bracha Kohút, de soltera Berkovic. Cada una se sobrepuso a lo acontecido en Auschwitz a su manera, o simplemente no se sobrepuso. Algunas compartieron aquellas vivencias con sus hijos y sus nietos, otras se convirtieron en activistas, otras prefirieron callar e intentaron olvidar.

Cuenta Adlington en una de las página de su libro cómo Marta Fuchs, que estuvo al frente del taller de costura, conservó toda su vida el tatuaje de su número en Auschwitz, el 2043. Un día sus nietos le preguntaron qué era aquello, y ella respondió: “Es el número de teléfono de Dios”.

Compartir el artículo

stats