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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

Putin y la estabilidad de Occidente

Leí el otro día en uno de los llamados diarios de referencia un análisis de lo que sucede en Rusia con un título que parecía apuntalar las tesis de Washington y Bruselas sobre el invasor de Ucrania.

“No habrá estabilidad en Occidente sin un cambio de régimen en Rusia”, afirmaba tajante la autora, algo que parecía evocar una reciente afirmación del presidente de EEUU, Joe Biden, sobre el su homólogo ruso.

Y agregaba: “El agresor trata de forzar cambios a su favor en el orden global surgido en 1998”, dando así por buena la desacreditada tesis de Francis Fukuyama según la cual el liberalismo occidental representaría “el fin de la historia”.

Orden global liberal al que, según Fukuyama, quien desde entonces ha revisado sus simplistas planteamientos, terminarían apuntándose todos los países, convencidos de su superioridad sobre cualquier otro sistema.

Voluntariamente o no, habría que añadir, a la vista de lo sucedido en Irak, Afganistán y en otros intentos de exportación por las armas del orden mundial liberal made in USA.

Según el artículo que comento, Rusia “no quiere aislarse sino convertirse en abanderado de un nuevo orden internacional, apelando a sectores decepcionados con las democracias occidentales y antiguos clientes de la URSS y países en desarrollo”.

Y ahí está precisamente el quid de la cuestión: el presidente ruso, Vladímir Putin, despechado, tras abrazar la versión más corrupta del capitalismo, por la negativa de Washington a que su país pudiera formar parte de la nueva arquitectura de seguridad europea, intenta ahora alentar el descontento social en Occidente.

Descontento profundo que tiene, sin embargo, mucho ver con algo que denuncia Oxfam en un informe publicado con motivo de la reunión de los ricos y poderosos en el Foro Mundial de Davos: el escandaloso crecimiento de la desigualdad.

Según ese informe, los 2.153 milmillonarios que hay actualmente poseen más riqueza que 4.600 millones de habitantes, es decir que el 60 por ciento de la población del planeta.

Y la desigualdad no ha dejado de crecer, crisis tras crisis, hasta alcanzar niveles realmente escandalosos, como indica el hecho, denunciado por esa oenegé, de que el número de personas con más de mil millones de dólares de patrimonio se haya duplicado en la última década.

En resumen, lo que hace el autócrata Putin es aprovechar demagógicamente los puntos débiles de la democracia occidental y apoyar a los nuevos partidos nacionalpopulistas que, al calor de las crisis y a falta de soluciones de las izquierdas tradicionales, han surgido en Europa.

Y de paso, poner de relieve la doble moral de nuestros políticos cuando, tras decretar un embargo sobre los hidrocarburos de Rusia para no seguir alimentando, según dicen, la invasión de Ucrania, no dudan en sustituirlos por los de otros países de regímenes aún más represivos que el ruso aunque, eso sí, aliados de Occidente.

La estabilidad en Europa no se conseguirá tan solo con el fin de lo que la articulista llama “el fin de la cruzada rusa contra Occidente”, sino acabando con las causas profundas del malestar social que se observa en todas partes y del que Putin, tan responsable de tantas cosas, no tiene, sin embargo, la culpa.

Y no parece que el rearme, al que, con la movilización de la opinión pública occidental por “la guerra de Putin”, se han apuntado todos, vaya a facilitar precisamente la tarea.

Los miles de millones que se inviertan en armamento, para satisfacción del complejo militar industrial y los políticos a los que financia, irán en detrimento de los programas sociales, con lo que aumentará ese descontento que se quiere combatir.

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