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La Opinión de A Coruña

Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Novedades mortuorias

Interrumpida en los últimos años por la epidemia que, paradójicamente, acrecentó el número de clientes necesitados de atención, una gran feria de productos y complementos fúnebres ha vuelto a reunir este año en Ourense a empresarios de más de media docena de naciones.

No es casual ni mucho menos arbitraria la elección de esta ciudad gallega, que ejerce de capital de una provincia famosa por su industria del mueble póstumo. Aun a pesar de la reciente competencia de los chinos, que hacen caja con todo, las empresas del ataúd, de las lápidas y demás complementos siguen despuntando en la Galicia interior. Nada más natural en la tierra que inventó la Santa Compaña y los petos o huchas de ánimas para financiar las andanzas nocturnas de los fieles difuntos.

Puede parecer algo tétrica una feria de este tipo, pero qué va. El del último viaje es un negocio de clientela asegurada en el que, por lógica, sobresale Galicia: un lugar donde conviven en perfecta armonía la parroquia de los vivos y la de los muertos.

Del mismo modo que la tradición de las costureras favoreció en su día el nacimiento de una poderosa industria textil, no es improbable que la afectuosa relación de los gallegos con la muerte haya contribuido a levantar el activo ramo de las factorías de ataúdes en Ribadavia, Piñor y otros centros fabriles.

Siempre en vanguardia del gremio, los funerarios galaicos introdujeron hace ya más de un siglo la novedad del ataúd barnizado. No fue el único avance en cuestión de I+D mortuorio. Los innovadores empresarios idearon también lo que podríamos llamar el prêt-à-porter del ataúd, mediante la fabricación en serie y por anticipado de esas cajas de inquietante aspecto.

Los féretros, que hasta finales del XIX se hacían a medida y por encargo —como los trajes— pasaron de esa vieja producción artesanal a la industrial, con tal éxito que no tardaría en comenzar la exportación a otros países.

La innovación y el desarrollo no han parado desde entonces. Se inventó, por ejemplo, el tanatorio móvil para exequias a domicilio, tan útil en un territorio de población dispersa como el de Galicia; y hasta los ataúdes personalizados con el escudo del equipo favorito del difunto.

A todo ello ha venido ofreciendo escaparate durante años la feria fúnebre de Ourense, que en esta edición se inclinó por la ecología aplicada al negociado de la última hora. Fueron novedad los ataúdes construidos con materiales ecológicos y las urnas biodegradables que se deshacen en el agua junto a las cenizas del occiso.

De acuerdo con los nuevos tiempos de la automoción, irrumpió también en escena el coche mortuorio cien por cien eléctrico, que aportará al difunto y a sus allegados el silencio tan necesario en estos trances. Por no hablar ya de la atención a las nuevas tecnologías mediante plataformas que permiten la transmisión en streaming de cualquier velatorio.

Siempre habrá aprensivos a los que les den yuyu estas cuestiones relacionadas con el tránsito, pero no hay porqué. Morirse es, a fin de cuentas, una vulgaridad en la medida que lo hace todo el mundo. Antes o después, todos deberemos pasar por caja para entrar en la caja: y nunca está de más darle algo de pompa —fúnebre— al evento. Aunque al difunto propiamente dicho no le importe gran cosa.

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