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La Opinión de A Coruña

jorge fauro

Los rockeros también lloran

Si yo hubiera sido uno de los asistentes al último concierto de Metallica en Brasil habría regresado a casa confuso y pensativo, replanteándome toda mi infancia, adolescencia, juventud y edad adulta alrededor de mi relación con la historia de la música rock. O, al menos, mi vida en paralelo a la historia de los tipos duros del rock, esos que se entregan a la épica de las guitarras, al riff eterno que se acomoda en la memoria colectiva; al solo de batería capaz de contagiar energía a decenas de miles de personas en el interior de un estadio; a la línea de bajo que te lleva al Nirvana en tres minutos.

El cantante de Metallica, tipos duros, insisto, hizo un alto en mitad de la actuación para confesar a la audiencia que “estaba un poco inseguro y me decía a mí mismo: eres viejo, ya no puedes tocar nunca más. Una serie de mierdas crecían dentro mi cabeza”. Dicho lo cual, James Hetfield no pudo contener las lágrimas mientras los demás miembros de la banda corrían a abrazarle.

Nada más verlo, lo primero que pensé fue: ¿lo habría hecho Keith Richards? ¿Acaso Iggy Pop? ¿El Jimmy Page de Physical Grafitti? ¿Amy Winehouse en estado sobrio? ¿Johnny Rotten?

El cantante de Metallica ha traspasado esa línea roja del rock que parece vetada a las grandes estrellas y —por nadie sabe qué regla no escrita— les impide romper a llorar sobre el escenario y no en el backstage o sobre el cuaderno donde escriben su cancionero. Y lo ha hecho para consuelo de miles de fans que atraviesan a lo largo de sus vidas por momentos similares. Pocas bellas artes son capaces de despertar tantas emociones como la música. La obra casi siempre está por encima de quien la compone. Nos emociona escuchar una y otra vez Stairway to heaven, pero mucho menos lo que le ocurra a Robert Plant por más que este sufra.

Los problemas de salud mental no constituyen ninguna novedad para el rock and roll. De Syd Barret a Sid Vicious, la cuestión es tan vieja como el género, por más que la hayamos visto acotada a la historiografía de los críticos y volatilizarse en cuanto el afectado se cuelga la guitarra sobre la tarima. Es muy probable que otros muchos hayan hecho antes lo mismo que Hetfield, aunque quizá no con el alcance y la influencia de un grupo como Metallica. Resulta que James Hetfield es como cualquiera de nosotros, como muchos, humano pese al aura de leyenda inalcanzable inherente a una estrella de rock and roll.

Los aficionados estábamos acostumbrados a que nuestros ídolos desangraran sus penas a través de las canciones, de letras desgarradas sobre la pérdida, de himnos consagrados al desamor o a las oportunidades malgastadas en la carretera a bordo de furgonetas destartaladas o de limusinas cuyo brillo ocultaba los retales de una vida maldita bajo el oropel de la fama. Un artista sufría pero no lo contaba. Lo cantaba. Venían llorados de casa. La confesión de Hetfield ante una multitud de fans entregados y comprensivos nos acaba de desmontar otro mito, el del rockero obligado a la épica y dedicado al consuelo colectivo a través de su música. Nadie imaginaba que un artista de masas del gusto de los aficionados al cuero, las motos americanas y las tachuelas se atreviera a tal arrebato de sinceridad. Ya no es el público el que necesita que le reconforten por medio de la música, sino el artista el que busca en la audiencia la serenidad que no logra encontrar en su vida privada.

La música popular acumula miles de instantáneas dolorosísimas para el artista, desde Eric Clapton a Nick Cave pasando por Led Zeppelin o los propios Metallica (recuérdese la turbadora The God that failed). Momentos de una hondura asfixiante que se trasladaban a los surcos de un vinilo y menos al momento de la actuación, donde ya toda explicación sobraba. Es muy posible que no acabemos de acostumbrarnos a ver gestos semejantes en mitad de un concierto, pero no desdeñemos la capacidad de influencia de este tipo de artistas sobre aficionados a la música, sobre todo jóvenes, que están pasando por un trámite parecido.

Para los menos jóvenes siempre nos quedará Keith Richards y estas palabras de una de sus últimas entrevistas:

–¿Ahora, con la pérdida de Charlie Watts, tiene otra forma de ver la muerte?

–¿En el sentido de que ahora está mucho más cerca?

–Sí, a eso me refería.

–Mire, hace 30 o 40 años estaba mucho más cerca de la muerte de lo que estoy ahora.

Pues esa es la actitud.

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