Serán muy pocos los que nunca se hayan preguntado sobre los orígenes del Universo: un enigma que es consecuencia ineludible y exclusiva de nuestra condición de seres racionales. Ineludible, porque nuestra capacidad de pensar conduce inevitablemente a interrogarnos por el mundo que nos rodea y los misterios que encierra. Y exclusiva, porque no hay otro ser vivo pensante más allá del ser humano.

A los que recibimos una formación religiosa nos remitieron al Génesis, y una parte importante de nosotros tomó el relato bíblico más como una verdad literal revelada, que como un relato plagado de metáforas. Si a esto se añade el fuerte peso que tiene la fe en el marco de ciertas religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islamismo), se puede concluir que una parte importante de la humanidad acepta el “creacionismo” como explicación más plausible del origen del Universo a partir de la existencia de un Ser Superior que lo habría creado y que gobernaría la existencia de todo, incluidos los seres humanos, desde el origen del Universo hasta su fin.

Aunque es la explicación más antigua del origen del Universo, el creacionismo no es la única. Existe otra, muy extendida también, denominada “evolucionismo”, que es más moderna y se fundamenta en bases científicas y no sobre creencias religiosas. El evolucionismo propugna la existencia de un cambio gradual, en virtud del cual el Universo y todos los seres vivos seríamos el resultado de cambios sucesivos y escalonados a partir de antecesores comunes. Aunque, como es sabido, no son exactamente equivalentes, el evolucionismo se relaciona siempre con el darwinismo. En efecto, fue Charles Darwin quien sostuvo que las especies evolucionan principalmente por medio de la mutación azarosa y la selección natural. Y que esa evolución tiene lugar gradualmente a partir de un origen común. Hay quien dice, sin embargo, que solo los pedantes son capaces de buscar asociaciones con el término evolucionismo que vayan más allá de Darwin.

¿Conviene tener una opinión propia sobre esta polémica? No lo sé. Pero más allá de que sea conveniente o no, lo cierto es que probablemente muchos de nosotros hemos llegado a nuestras propias conclusiones. Otra cosa es que estemos dispuestos a darlas a conocer. No sería sincero si ocultara que me interesé por esta polémica, y, como ven, entre callarme o compartirla, he optado por lo segundo ya que prefiero no reservarme lo que pienso.

Advierto de entrada que me voy a servir exclusivamente de la razón, no de la fe, por lo cual lo más probable es que solo diga vaguedades y que lo que resulte de un elevado nivel de superficialidad cuando lo cierto es que se trata de cuestiones muy importantes. Por eso, lo primero que les pido es que me disculpen por mi atrevimiento y que muestren hacia mis palabras la mayor de sus indulgencias. Y es que estamos ante un asunto tanta oscuridad que existe un riego muy elevado de equivocarse. No deseo convencer a nadie, ni espero que me hagan caso, solo aspiro a que me acompañen por el camino que ahora emprendo en el que trataré de ir encadenando racionalmente las opciones que me va planteando mi entendimiento.

La primera cuestión que me surge es: ¿en el origen hubo algo, un principio, o solo existía la nada? Planteado de otra manera: el universo ¿tiene un principio o surgió de la nada? Se trata de elegir entre considerar que el principio de todo fue la “carencia absoluta de todo” o, por el contrario, partir de que existió una realidad indeterminada que, por lo mismo, es “un algo”.

Aunque cada uno de nosotros puede escoger libremente el punto de partida que le resulte más convincente, mi razón me indica que debe descartarse la nada y que hay que inclinarse por el axioma de que el principio de todo tiene que ser algo. Y ello porque intelectualmente es difícil admitir que de la nada (esto es, la ausencia de todo) pueda surgir algo. Lo que acabo de escribir puede parecer una logomaquia. Pero puestos a elegir entre las dos opciones barajadas, la más razonable es, a mi modo de ver, la que considera que el principio de todo fue algo, una realidad, sin que me atreva ahora a considerar si existe o no algún grado de certeza sobre la misma.

Sentado lo anterior, la pregunta es ¿en qué estado se encontraba ese algo? ¿Era el caos o reinaba el orden? Cualquier respuesta tiene mucho de especulativa, pero, si tenemos a la vista el orden que existe en el Universo, es más racional, en mi opinión, pensar que el orden surge del orden y no del caos. Con esto se quiere decir que, aunque es posible ordenar el caos y, por tanto, distinguir dos períodos: el caos amorfo e indefinido y el cosmos ya ordenado, tiene más sentido, por su inherente facilidad, imaginar en el origen de todo un cosmos ya ordenado o preordenado que un cosmos caótico.

Avanzando un paso más: ¿la ordenación del cosmos responde a un plan previo, preconcebido o, por el contrario, fue fruto de la casualidad, de la imprevisibilidad? Insisto en que siendo intelectualmente posibles las dos respuestas, la que parece más racional es la que atribuye a la prexistencia de un plan preliminar la posterior ordenación de lo que pudo haber estado en una situación caótica. Y es que no me resisto a remarcar la existencia de la notabilísima perfección y la sorprendente armonía de todas las cosas dentro de la enorme complejidad de todas ellas, sea aisladamente consideradas o sea como conjunto.

Pues bien, llegados a este punto mi entendimiento tiene dos opciones: considerar que el caos antecedente se fue ordenando gradualmente sobre la base de mutaciones regidas por reglas biológicas predeterminantes o atribuir la perfección individual y de conjunto y la admirable armonía del Universo a un origen previamente planificado. Las dos opciones sirven como respuesta, pero, aunque sea la primera científica y la segunda religiosa, me parece más difícil de creer la primera.