Kiosco

La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

al azar

Matías Vallés

Votar al PP para que llegue Vox

Es fácil localizar a los perdedores de las elecciones, son los que se reparten las culpas antes de que se celebren los comicios. En el bando ganador según el consenso de las encuestas, Núñez Feijóo llevará la contabilidad nacional mientras que su levantisco y obligatorio socio de Vox se dedicará a deshilvanar los logros de un lustro progresista, que tampoco son para tanto. Parece mentira la facilidad con la que se instala o implanta un cataclismo electoral en el inconsciente colectivo.

Para distraer un escrutinio demasiado exigente, Núñez Feijóo ha de convencer al país de que es pero no está, un ejercicio de escapismo difícil de mantener durante el año y medio previo a las generales. El nuevo presidente del PP ya impuso esta exhibición contorsionista al pactar con Vox en Castilla o León, sin presentarse a la ceremonia de graduación de la nueva alianza. Cabe esperar que asista a su proclamación en Madrid, junto a un vicepresidente del Gobierno de ultraderecha que le garantizan hoy los sondeos.

La izquierda plantea la campaña insistiendo en que la victoria del PP trae aparejada a Vox. La neutralización del auge derechista y ultraderechista bajo este enfoque es un proyecto de dudosa consistencia. Olvida la existencia de un contingente de votantes populares con la voluntad secreta de que su sufragio allane la llegada de la coalición. “Que viene la ultraderecha” no es un disuasor sino un aliciente, para un voto conservador encantado de que su partido se sienta espoleado desde la orilla más radical. Sin este bonus track, se sentirían desmotivados.

Se amontonan los precedentes. “Que viene Vox” ya fracasó en Madrid, en Castilla o León y muy probablemente sonará hueco en Andalucía. En el tradicional granero de voto socialista, se hunden las dos izquierdas a la vez, y la derecha también crece por partida doble. Es decir, tocar a rebato contra un caballo de Troya del PP relleno de ultraderechistas favorece a los extremistas, pero sobre todo garantiza la victoria de los populares. Este aumento a dos voces o dos voxes solo es evidente porque está ocurriendo, dado que también se erige en uno de los grandes enigmas de la política española contemporánea.

El PSOE tiene por tanto derecho a sentirse sorprendido por la doble inflamación, como un campeón de tenis atacado por un flanco inesperado, pero los vencedores se distinguen en que la sorpresa no nubla su capacidad de reacción. En lugar de endosarle al PP el esplendor de la ultraderecha, los socialistas mejorarían sus perspectivas analizando si quizá Vox llega por errores propios. De hecho, también la eclosión de Podemos que hoy parece tan lejana se debió al número creciente de votantes socialistas que desconfiaban de la prepotencia de su partido. Los izquierdistas impusieron al PSOE el freno de un partido en nada equiparable a los peligros de Vox.

Siempre se puede empeorar, y la versión más cruda del pedagógico “que viene la ultraderecha” apostaba a que Vox acabaría desbordando al PP. Esta ensoñación progresista, más peligrosa para el Estado que la independencia de Cataluña, obliga a un desmentido que sería superfluo en un clima racional. Vox nunca superará al PP, los precedentes franceses en el duelo al Elíseo escenifican la carrera de la liebre ultraderechista que nunca acaba de alcanzar a la tortuga ortodoxa.

Traer a Vox es una misión desmesurada, atraer a Vox ya se está consiguiendo con la ayuda inestimable de la izquierda. La idea de un voto al PP complaciente con el poder compartido con la ultraderecha puede provocar enarcamientos de cejas, pero también ayuda a enfrentarse a la sabia conclusión de Íñigo Errejón tras las últimas elecciones a la Junta de Andalucía. “No hay cuatrocientos mil andaluces fascistas”. El secreto del fenómeno en curso puede alcanzarse por descarte.

El PSOE no está perdiendo por goleada todas las encuestas debido al lastre de sus acuerdos con Bildu o ERC, del mismo modo que el miedo a Vox tampoco lesionará las perspectivas del PP. La derecha está tejiendo una alianza entre los privilegiados y los descontentos, vuelve a obrarse el prodigio de que las clases desfavorecidas se enamoran de la promesa de “drenar el pantano” que les formula un multimillonario tan sospechoso como Donald Trump.

La salida a escena del gurú de las ultraderechas planetarias obliga a recordar que hay algo peor que hablar demasiado de Vox, y es atacar con desmesura a Vox. Se consigue el objeto contrario al buscado, salvo que no se haya aprendido nada de la publicidad añadida que recibió Trump al satanizarlo en exceso. La esencia de la ultraderecha consiste en un partido y un jefe, de altisonante traducción al italiano y al alemán en los ejemplos de continua referencia. Aparte de debatir si para la democracia hubiera sido más rentable mantenerle el chiringuito en el PP a Santiago Abascal, apenas si llega a suboficial ante mariscales europeos del fuste de Marine Le Pen, Orban o Salvini. Pero antes de sonreír, conviene recordar que la derecha y la ultraderecha española avizoran su victoria más abultada sin disponer de un solo líder digno de tal nombre. Una humillación añadida.

Compartir el artículo

stats