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La Opinión de A Coruña

No se ve fin a la guerra

Nos hemos convertido en expertos en geografía ucraniana, seguimos la evolución de la guerra y observamos con estupor los graves fallos que cometen las Fuerzas Armadas rusas, que proyectan una imagen muy diferente de la perfecta maquinaria que suponíamos. Tras el fracaso de la ofensiva hacia Kiev con objeto de reemplazar al “régimen nazi” de Zelenski, los rusos se han visto forzados a cambiar de estrategia y a reducir su ambición a la región de Donbás y a crear un corredor hacia Crimea. Ya controlan el 20% de Ucrania aunque con un coste muy alto, como muestra la heroica defensa de Mariúpol.

El heroísmo ucraniano se traduce en un número elevadísimo de bajas a pesar de la enorme cantidad de armas —cada vez más sofisticadas y más letales— y la ayuda en inteligencia que recibe de los gobiernos occidentales. Washington presume de haber dado la información que permitió hundir el crucero Moskva, o matar a un número inusualmente alto de generales rusos. Los drones turcos de última generación son otra arma que está siendo utilizada por Ucrania con enorme éxito. Pero ese material tan moderno necesita mantenimiento y la formación de los soldados ucranianos que tienen que manejarlo y eso nos desliza a una mayor involucración en el conflicto, algo que no le ha pasado desapercibido a Putin, que dice que estamos cruzando el límite de la co-beligerancia, o al ministro Lavrov cuando afirma que la OTAN y Rusia ya están de hecho en guerra por un país interpuesto que es Ucrania. Todo eso aumenta el riesgo de extensión del conflicto.

Mientras gran parte del mundo, desde China a la India o Sudáfrica, observa y evita definirse y condenar a Rusia, los países occidentales nos encontramos en la delicada tesitura de darle a Ucrania cuanta ayuda podemos sin cruzar la línea roja que nos lleve a una Tercera Guerra Mundial de impredecibles consecuencias. No es fácil porque a medida que la guerra se prolonga aumentarán también la irritación y el nerviosismo de Rusia, y tampoco es descartable la posibilidad de un incidente o un simple error de cálculo que pueda desembocar en un conflicto de mayores proporciones, por mucho que nadie lo desee. Hoy todo indica que nos encaminamos a una guerra mucho más larga de lo que pensaban inicialmente los asesores del Kremlin y también mucho más larga de lo que podían pensar los ucranianos más nacionalistas, porque los norteamericanos parecen haber cambiado de estrategia: ya no se trata solo de ayudar a los ucranianos en su lucha de David contra Goliat, que también, sino de “debilitar a Rusia” —como dijo el secretario de Defensa Austin— para que en el futuro no pueda invadir a otro país. Si ese es el objetivo, mucho me temo que la guerra puede durar muchos meses y esa prolongación, que efectivamente debilitaría a Rusia, también extenderá el daño que nos hace a todos, mientras sigue aumentando el riesgo de extensión de un conflicto que Ucrania no puede vencer militarmente... aunque sí pueda embarrancar a Rusia en una guerra sin fin. No hay que olvidar tampoco que la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN aumentará la paranoia y la sensación de cerco que sufre Rusia.

Las sanciones son dolorosas también para nosotros y producen cansancio en nuestras poblaciones. Moscú lo sabe y jugará a dividirnos, como se ha visto con el petróleo. Ya se alzan voces a favor de un acuerdo que acabe con esta guerra. Lo ha pedido Kissinger en Davos y la verdad es que lo deseamos todos. El problema es el precio, porque este acuerdo solo será posible si Putin puede decir que ha ganado, lo que implica que Ucrania habrá perdido. ¿Lo aceptaría Kiev? ¿Estamos dispuestos a neutralizar y desmembrar Ucrania, dándole ese triunfo a una persona acusada de graves crímenes de guerra? ¿No le animaríamos a seguir por el mismo camino? Como ha dicho Mitt Romney, ¿no sería como pagar a un caníbal para que nos coma en último lugar? Por ahora ni Rusia ni Ucrania están por la paz y quizás lo máximo que se podría obtener a corto plazo es un alto el fuego que permita empezar lo que en todo caso también será una negociación larga y dificultosa. Pero ni siquiera eso parece cerca en estos momentos.

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