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La Opinión de A Coruña

Juan Soto Ivars

El derecho a la ‘rimembah’

Un cocinero de Gandía se puso mohíno rondando los treinta años y, para no darle muchas vueltas al coco, aprovechó que tenía abierto un canal de YouTube y se puso en serio con su afición: editar material y subir contenido. Así, se dijo, sacaría un poco de partido a esas cosas que le interesan tanto pero quizás no le importan a nadie: sus recuerdos como teleadicto y otras cosas de la cultura popular. Por ejemplo: ¿qué fue de toda esa gente de la televisión de los noventa, esos presentadores que parecían eternos? ¿Por qué no investigar la historia de El informal a fondo, y examinar las entrañas de un programa icónico? ¿Por qué no hacer lo mismo con el Grand Prix y Ramón García? ¿Qué fue de Carlos Jesús, quién era en realidad? Dicho y hecho, sin esperar el éxito, esquivó la melancolía poniéndose a currar con la nostalgia en su tiempo libre.

El resultado es (está siendo) brutal. Rimembah, su canal de YouTube, se va convirtiendo en una especie de enciclopedia visual donde se revisan y analizan las bambalinas de la televisión y otros fenómenos. Rimembah aborda la cultura popular con un nivel de detalle, análisis y profundidad que ya quisieran para sí las conferencias académicas, y además es muy entretenido. No es simple nostalgia, es un repaso profundo a la historia de lo chabacano, lo banal y lo catódico. Esa historia de la que suele extraviarse en los libros y que sin embargo explica también quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.

La coña es que, trabajando con ese material, Rimembah se topa, como tantos otros creadores de contenido en Twitch y YouTube, con la censura de los algoritmos y de las productoras y cadenas de televisión. Desde hace un tiempo, mediante leyes españolas y automatizaciones gringas, analizar el contenido de la televisión, que siempre es propiedad de alguien, se ha convertido en una yincana que se salda con desmonetizaciones y avisos al canal. Rimembah sortea las trampas editando las imágenes, calzando fotos y haciendo un uso astuto del audio, pero su canal sería todavía mejor si pudiera jugar libremente con un contenido que forma parte de nuestra memoria televisiva.

¿Qué sentido tiene hacerle la vida imposible a gente que está sacando un partido tremendo a todas esas imágenes? Es ridículo que, para evitar el pirateo de los programas de televisión, hayamos llegado a un punto en el que se pisotea el derecho a la cita de estos creadores excelentes.

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