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La Opinión de A Coruña

Francisco García

Predicar con el trigo

Putin no logra doblegar a Zelenski pero el bloqueo de las exportaciones ucranianas ha puesto de rodillas a África y en posición clemente al Papa, quien pidió esta semana al Kremlin no usar el trigo como arma de guerra. Las bombas rusas estallan en el Dombás, memoria de las correrías de los cosacos del Don, pero los efectos colaterales de los estallidos se dejan sentir en una aldea de Bahr al-Gazal, en Sudán del Sur, donde la hambruna por la falta de alimentos esenciales se llevará a los niños desnutridos por delante.

La guerra en Ucrania se dirime en calorías: las exportaciones agrícolas del país invadido dan para mantener a 400 millones de personas del Tercer Mundo. Que el trigo y los cereales del granero de Europa permanezcan retenidos en origen por causa bélica condena a decenas de países a la hambruna, a causa de una inminente crisis alimentaria provocada por la escasez. El bloqueo de los puertos ucranianos por la flota rusa obliga a permanecer varadas más de 20 millones de toneladas de cereal. Según el G7, 50 millones de personas en África y Oriente Medio pasarán hambre por este motivo en los próximos meses.

Durante las últimas décadas, el mercado internacional de los cereales ha estado sometido a la especulación de las compras a futuro, dominadas por los fondos de inversión, esa poderosa maraña global cuyos tentáculos atenazan la economía mundial. Sin trigo no hay pan. Y si la subida de precios del alimento más universal ha provocado revoluciones y revueltas, su escasez se convierte en una bomba de relojería que pagará Europa, antes que Rusia.

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