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La Opinión de A Coruña

Adela Muñoz Paez

Ictus, una historia real

“Litio, sodio… ¿Cuál venía después?… ¡Ah, ya me acuerdo! ¡Después del sodio venía el potasio!”.

Aunque Ángel es profesor de química, no está preparando una clase. Está intentando recordar los elementos que componen cada uno de los grupos de la tabla periódica. Al principio solo puede recordar uno o dos de cada grupo y mezcla los de unos grupos con otros, pero poco a poco consigue recordarlos casi todos.

Ángel ha sufrido un ictus, antes llamado apoplejía, mientras cenaba tranquilamente en su casa. Aunque dicen que para comprobar si una persona está sufriendo un ictus, hay que pedirle que se ría, que levante los brazos por encima de su cabeza o que responda a una pregunta fácil, en su caso no hizo falta nada de eso, porque comenzó a hablar de forma incoherente y perdió la fuerza en su brazo y pierna derechos. Ángel ha tenido suerte porque no vive solo, su casa está en una gran ciudad con servicio de ambulancias y una de ellas ha acudido rápidamente. Tras atenderlo en su casa y hacer el diagnóstico, el personal sanitario lo ha trasladado al hospital poco antes de la medianoche; han llegado en muy poco tiempo porque a esa hora el tráfico es muy fluido. Una vez en el hospital, tras hacerle el TAC que ha localizado el trombo que bloqueaba una de las arterias cerebrales, le han realizado una trombectomía o extracción del trombo, que permite que se restablezca el riego sanguíneo con ayuda de un catéter que han introducido en su sistema cardiovascular por la ingle, en una intervención muy poco agresiva. Un amigo que realiza ese tipo de intervenciones dice que ellos son varilleros, como los que desatascan tuberías y desagües.

La recuperación tras la intervención es impresionante. Mientras que una arteria cerebral está bloqueada, una parte del cerebro se queda sin riego sanguíneo y por tanto sin nutrientes ni oxígeno, por lo cual esa zona del cerebro se va deteriorando y deja de controlar funciones como el habla o los movimientos de brazos y piernas. Aunque la masa del cerebro representa solo el 2% de la masa corporal, necesita un 20% de la circulación para cubrir sus necesidades; además, como no tiene reservas energéticas, para seguir funcionando requiere un aporte constante de energía y oxígeno. Por ello resulta crucial minimizar el tiempo desde que el paciente sufre el ataque hasta que se restablece el riego sanguíneo, para que el tejido del cerebro no sufra daños irreversibles.

En el caso de Ángel, el suyo de la guardia debía de andar cerca, porque ha transcurrido poco más de una hora desde que sufre el ataque hasta que el varillero libera su arteria del trombo y el cerebro puede comenzar a recuperarse. Tras la intervención, Ángel pasa a ocupar una cama de la uci específica de ictus. Allí, una vez que ha comprobado que puede volver a mover su brazo y pierna derechos, se dedica a seguir evaluando los daños, por lo que se pone a comprobar su memoria intentando recordar los elementos de la tabla periódica. Al día siguiente vuelve a escribir con su letra, a pesar de que tras el ataque había perdido completamente la movilidad de su brazo derecho (Ángel es diestro).

La obesidad, presentar valores elevados de tensión arterial o colesterol, padecer diabetes, consumir asiduamente alcohol de forma generosa, fumar, padecer una enfermedad cardíaca o tener más de 55 años son factores de riesgo. Conforme se van sumando estos factores, la posibilidad de padecer un ictus aumenta, por ello debemos prestar atención a los que podemos controlar, dado que hay otros, como la predisposición genética, que no está en nuestras manos modificar. Nos jugamos mucho porque en España el ictus es la segunda causa de muerte y la primera entre las mujeres.

Mi tío Joaquín, que sufrió una apoplejía cuando era más joven que mi colega Ángel, pasó el resto de su vida sin poder hablar ni apenas moverse. Es uno de los recuerdos más imborrables de mi niñez en el pueblo. Hoy, con las técnicas de trombectomía y el buen hacer del personal sanitario de las unidades de ictus, su vida habría sido muy distinta. Gracias al desarrollo de la técnica médica y al trabajo del personal del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla, mi colega vuelve a tener la vida que no pudo disfrutar mi tío Joaquín.

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