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La Opinión de A Coruña

El lío de la reglobalización

La globalización tal como la conocemos parece haber llegado a su máximo y lo que nos espera es un proceso en sentido inverso que, sin pretender acabar con la apertura global, sea capaz de evitar algunos de sus efectos no deseados y de consecuencias muy adversas, que nos vienen alcanzado desde hace unos años. Tras esos graves desajustes subyace un análisis inicial extremadamente simple de la naturaleza humana y de los viejos conflictos irresueltos de la historia. Una lectura que alimentó un optimismo inconsistente que, además, situó la reducción sistemática de costes como sentido último de la actividad económica, facilitando que la producción se instalara donde se pudiera garantizar el coste más reducido.

Una complejidad que aparece camuflada en tiempos de bonanza, pero que emerge con toda crudeza cuando surgen los conflictos, como ha sido el caso de la pandemia y la guerra de Ucrania. De repente nos encontramos con una ruptura de las cadenas de suministro global que nos deja sin componentes para la industria o, incluso, sin bienes tan básicos como cereales y maíz, acompañado todo ello de una inflación desbocada. Lo que les faltaba a unas sociedades occidentales que venían arrastrando un arraigado malestar social.

Globalizar resultó relativamente simple pues se trataba de desregular sin excesivos complejos y dejar que el mercado fluyera. Además, sus inicios se dieron en un clima de optimismo, en un mundo convencido de que íbamos a mejor. Hoy, las circunstancias son radicalmente distintas, de manera que recuperar autonomía política y actividad productiva, sin perder competitividad ni entrar en un proteccionismo contraproducente, va a resultar muy complejo.

Por muy tópico que resulte, es el ejemplo de la pasta de dientes, tan fácil de sacar y tan imposible de reintroducir en el tubo. En eso estamos. Confiemos que la política entienda la trascendencia del momento y que los agentes sociales mantengan el clima de buen entendimiento de los últimos tiempos.

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