Kiosco

La Opinión de A Coruña

Care Santos

Hombres guapos con faldas

Estoy contenta. El rapero Bad Bunny se ha subido a un escenario en minifalda (escocesa, para más señas, en bonitos tonos verdes y malvas). Mostró su indumentaria en Instagram: chupa de cuero, camiseta negra semitransparente, botas de estilo militar con calcetines negros y la faldita. Yo le veo muy guapo.

No solo eso. Me parece práctico. Basta de hombres esclavos de su uniforme. Esos pobres que llevan traje de chaqueta y corbata incluso en verano. Los que no se ven bien en camiseta de tirantes. Con lo fresquitos que irían con minifalda. Con lo liberados que se sentirían.

El sentido común me dice que tengo razón. Hay que democratizar la falda. Aunque no será fácil. No todo el mundo está dispuesto, como Bad Bunny, a defender la moda liberada de convenciones de género. Hay una palabra para eso, claro (hay una palabra para todo): moda genderness. Es decir, moda sin género.

Porque, en realidad, ¿qué más da llevar faldas o pantalones? ¿Qué diferencia hay entre las sotanas y esas faldas a lo Loco Mía tan favorecedoras? ¿O las túnicas de los emperadores romanos? ¿Alguien se hubiera atrevido a criticar a Julio César por llevar faldas?

En realidad, el asunto es serio y va más allá. De cuando alguien decidió que los dos sexos tenían que diferenciarse bien. La Biblia lo secunda: el día en que los hombres y las mujeres se confundan llegará el apocalipsis. Hoy, varios apocalipsis más tarde, sabemos que en realidad hombres y mujeres no son tan distintos. Desnudos y sin arreglos ni cosméticos, no somos tan distintos. Lo demás, es invención. Una de las muchas con las que nos hemos complicado la vida (unas más que otros) durante siglos.

Me alegra saber que lo de la falda masculinas es, según los expertos en moda, imparable. Se cree que será la prenda del próximo verano. Los señores prefieren por ahora la falda corta, parece, pero también las hay largas, quién sabe si a la espera de la próxima temporada otoño-invierno.

Propongo que aprovechemos la oportunidad para erradicar de nuestro discurso algunas expresiones jurásicas. Por ejemplo: “Un hombre que se viste por los pies”. Es decir, viril, masculino, con su poder intacto. El hombre que se viste por los pies es el que lleva los pantalones en su casa, el que manda, el que conoce su papel. Es todo tan rancio que si no cambio de tema temo que este artículo se me llene de moho.

Y un apunte más. A todos pareció lógico que las mujeres se pusieran pantalones, allá en los años 60. Querer parecerse a un hombre era apetecible. Pero ¡oh!, qué escándalo que los hombres emulen a las mujeres, que se feminicen. Cabría preguntarse: ¿sigue valiendo la pena ser hombre? ¿No será que la falda es el estandarte de un cambio muy profundo en la mitad masculina de la sociedad?

En fin. Ojalá haya muchos hombres con faldas en las terrazas, los escenarios y los paseos de este próximo verano. Ojalá se escandalicen muchos y muchas al mirarlos. Al cabo, todo lo que merece la pena comienza con un escándalo.

Compartir el artículo

stats