Como es bien sabido, las redes sociales son un poderoso instrumento de comunicación a través del cual circulan contenidos de todo tipo, como, por ejemplo, noticias personales, fotografías, memes, viñetas gráficas, breves piezas musicales y frases de corta extensión. De todos estos contenidos, me interesan ahora los que van dirigidos a la pluralidad de los internautas: las breves piezas musicales y frases portadoras de recomendaciones y consejos.

Para ser difundida a través de la red la música es troceada en pasajes de corta duración que son posteriormente digitalizados e incorporados a los distintos dispositivos para ser reproducidos con la finalidad de elevar el espíritu de los rednautas. Junto a las piezas musicales, últimamente se ha incrementado la circulación telemática de numerosas máximas, consejos o exhortaciones que han acabado por convertir la red en un ágora de buenos deseos y palabras. Se trata de frases escritas por autores de reconocido prestigioso, que actúan a modo de píldoras de consejos que ingerimos para mejorar nuestro comportamiento y conducta.

Las frases recomendatorias suelen consistir en “máximas”, esto es, reglas, principios o proposiciones generalmente admitidas por quienes profesan una facultad o ciencia; o, simplemente, sentencias, apotegmas o doctrinas buenas para dirigir con rectitud las acciones morales; finalmente ideas, normas o designios a los que se ajustan la manera correcta de obrar. Adoptan también la forma de “consejos”, que son opiniones que se expresan para orientar una actuación de una determinada manera. Y hasta llegan a constituir “exhortaciones” que consisten en avisos con los que se trata de persuadir o, simplemente, sermones breves.

Centrándonos en estas últimas expresiones verbales, se puede afirmar que las redes, al tiempo que encauzan y canalizan estos pensamientos, propagan, difunden y amplifican su radio de acción. Y como son contenidos “reenviables” de unos internautas a otros, las redes se convierten en una especie de “vehículos digitales mecanizados” en los que los más activos comparten los consejos que reciben con los demás, por lo general más pasivos.

Y lo mismo puede decirse de los múltiples amigos que eligen máximas, consejos y exhortaciones para que seamos cada vez mejores, para desearnos que durmamos mejor o para que iniciemos cada día de la mejor manera posible. Con todo, la práctica de las exhortaciones en la red no deja de plantear problemas, principalmente el de si hemos de considerarla acertada o no.

La cuestión es pertinente porque hay quienes, como Santa Catalina de Siena (aunque vivió en el siglo XIV), preferían el consejero individual a los consejos masivos: “Una cosa te pido —ponen en su boca—, y es que no te dejes llevar por excesivos consejos. Es mejor que elijas un consejero que te aconseje sinceramente, y seguirlo. Cosa peligrosa es acompañar a muchos”.

Antes de dar mi opinión, me gustaría recordar tres frases que parecen contradictorias. La primera es de Quevedo: “El consejo, bueno es; pero creo que es de las medicinas que menos se gastan y se gustan”; la segunda de Sófocles: “Quien no haya sufrido lo que yo, que no me de consejos”; y la tercera una muestra de nuestro rico refranero español: “Quien no oye consejo, no llega a viejo”.

Quevedo sostiene —hay que partir de que considera que el consejero en cuestión es sabio— que los consejos son buenos. Pero entiende que es una actividad que se ejercita poco: una medicina en la que se gasta poco y que gusta poco. Sófocles pone muy alto el listón para que le puedan dar consejos: para darle consejo, su posible consejero tiene que haber sufrido tanto como él. Finalmente, el sabio refranero español conecta los consejos con la vejez, y dice que para llegar a viejo hay que oír consejo.

Además de estas tres relevantes opiniones, debo recordar que hay quienes son sumamente críticos con esta novedosa difusión de consejos y máximas en la red. Así, Eneko Ruiz Jiménez, en un artículo publicado en el diario El País el 4 de diciembre de 2015 comentaba un estudio muy crítico al respecto. Este autor reproduce algunas de las frases criticables como “para poder seguir, a veces hay que empezar de nuevo”; o “algunas personas persiguen la felicidad, otras la crean”; o “todo es posible en la medida que tú creas que es posible”. Y comenta que la ciencia ha investigado si las personas que comparten este tipo de alegatos son, en efecto, más inteligentes y trascendentales que quienes no lo hacen.

Las conclusiones de la investigación son que las personas que creen que estas frases son profundas tienen “menos habilidades cognitivas (menos fluidez verbal) y son más dadas a la confusión filosófica”. “Estas sandeces —añade Ruiz— son un aspecto inherente a la condición humana”, y concluye que el estudio también asegura que, con la llegada de las nuevas tecnologías de la comunicación, cada vez es más habitual toparse en el día a día con ellas. “Utilizar vaguedades e ideas ambiguas para esconder un sinsentido es algo común en la retórica política, el marketing e incluso en el mundo académico”. El estudio finaliza ofreciendo una conclusión útil para la vida diaria del internauta: rechazar estas frases sin aplicación práctica cuando las recibimos nos hace ser más críticos y rigurosos con nosotros mismos.

¿Qué hacer? A todo aquel que maneje habitualmente un teléfono móvil le será muy difícil, por no decir prácticamente imposible, no leer los consejos matutinos y nocturnos que le remiten los muchísimos internautas con los que chatea, deseándole un buen día, un feliz descanso, o que encare la vida con la mejor de las predisposiciones. ¿Han de rechazarse sin más estas máximas, consejos o exhortaciones? A mi entender no. Todo aquello que nos haga pensar, o que nos desee lo mejor, o que trate de reconfortarnos es mucho mejor que el silencio del anacoreta digital o del mudo reconcentrado con problemas estomacales, que callan por rencor o que solo escriben para zaherir a los demás.