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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Sobre las casas de lenocinio

No sin tiempo, una mayoría de diputados del Congreso aprobaron una reforma legal que penaliza el proxenetismo y a los prostituidores, es decir, a los dueños de los locales donde se practica la llamada tercería locativa. El artículo 187.2 castiga con una pena de prisión entre 3 y 6 años y multa de entre 24 y 48 meses que se aplicarán en su grado máximo siempre que los clientes se hayan valido de violencia, coacción y engaño a las víctimas del miserable negocio que ha convertido a miles de mujeres en esclavas. Solo en España se calcula que unas 45. 000 de ellas se dedican a ejercer el “oficio más antiguo del mundo”. Cuando el texto legal se convierta definitivamente en ley, con las naturales modificaciones y enriquecimientos (eso esperamos) de su paso por el Senado, se habrá satisfecho, por fin, una deuda social. Una ilustre periodista resume el sentir de la ciudadanía (o de gran parte de ella) en su columna semanal con este titular: Fuera burdeles, por algo se empieza.

Y, efectivamente, se considera que ha sido un comienzo histórico que se den armas a las autoridades para decretar el cierre de las casas de putas, de las casas de lenocinio, de los prostíbulos, o de los lupanares (como aquella moza “que apoyada en el quicio de la mancebía” aguardaba a que la redimiese de su condición un galán que llegaba a caballo, según lo cantó doña Concha Piquer en copla inmortal). La dictadura franquista aplicó de hecho la tolerancia (“casas de tolerancia” llamaron algunos a los prostíbulos). Se sabía de sobra lo que estaba pasando, pero se prefirió mirar para otro lado.

El hambre empujó a muchas mujeres a la prostitución para sobrevivir y en bastantes casos para alimentar a un hijo o a un familiar enfermo. Nada, por supuesto, de vicio, ni de pecado mortal como amenazaban los curas desde lo alto de sus púlpitos. Aquello solo era un trabajo como otro cualquiera, según reconocían las mismas putas al acercarse los clientes. “¿Qué moreno, trabajamos un poquito para bajar la cena? Llevo aquí media hora y aún no me estrené”. El desahogo sexual es imprescindible para mantener la buena forma física y mental, y, en ese sentido, las putas cumplen una función parecida a la de la Seguridad Social. La impresión general es que la reforma legal supondrá un avance notable respecto de la situación anterior, pese a que deja algunas inconcreciones de peligrosa interpretación. Sobre todo, cuando países como Suecia y Francia han optado por una regulación más contundente. Eso no impide plantear un debate entre los partidarios del abolicionismo radical y los favorables a implantar la regulación de la prostitución. La confrontación entre las dos posturas se adivina intensa. ¿Cómo se puede prohibir a una persona (hombre o mujer) que quiera cobrar, o pagar, por sexo libremente? Hay más preguntas a contestar. El escritor Fernando Aramburu, muy leído últimamente, les llama a las putas “alquiladoras de su sexo”, que es una forma de tomar partido.

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