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La Opinión de A Coruña

Carles Francino

El milagro de una noche

Cuenta la leyenda que san Mamés fue un niño salvajemente torturado, igual que sus padres, por negarse a abjurar de la fe cristiana. Y que dejó asombrados a sus propios captores cuando consiguió amansar a los leones que, en teoría, tenían que devorarlo. Este episodio es uno de los más de 7.000 que integran el martirologio romano, o sea, el catálogo de santos y mártires que la Iglesia católica difunde entre sus seguidores. Muchos de ellos son falsos, claro, se trata de historias inventadas, pero sirven para mantener engrasada esa creencia en lo paranormal que conocemos como fe. Nada que objetar siempre y cuando no se pretenda imponer este credo vital a quienes no nos mola la cosa religiosa. En cualquier caso, yo prefiero agarrarme a cosas más tangibles, como la música.

Pero resulta que hace unos días tuve la enorme fortuna de asistir a algo muy parecido a un milagro: la transformación de la catedral del fútbol en un gigantesco templo del rock; aunque, sinceramente, no fue solo eso. Porque el concierto de Fito Cabrales y sus Fitipaldis ante 45.000 personas simbolizó muchas cosas. Que se puede ser profeta en tu tierra; que la generosidad en un escenario luce mucho más que la soberbia; que no es incompatible haberse convertido en ídolo de masas para ejercer de buena persona; que hay unas ganas enormes de enviar ya completamente a la mierda las restricciones de la pandemia; y, sobre todo, por encima de todo, que esa complicidad universal de sentimientos que puede generar la música, igual que el arte, el cine, la literatura… o sea, la cultura, es la mejor receta para espantar las moscas de nuestras broncas cotidianas. Y encima el exitazo de audiencia televisiva desmintió esa gilipollez que alguien se inventó de que los espectadores huyen de la pequeña pantalla cuando suena música en directo.

Resumiendo, que ha habido y habrá más conciertos, pero la noche de San Mamés flotaba en el aire algo especial. A ver si va a ser verdad lo del niño y los leones…

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