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La Opinión de A Coruña

Carnicero Urabayen

El renacer de la Alianza Atlántica

Se atribuye a Lenin una frase que se repite desde que Putin inició la sanguinaria invasión de Ucrania con innumerables ramificaciones para la seguridad del planeta. “Hay décadas en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan décadas”. En realidad, el gran cambio al que asistimos en las relaciones internacionales desde el pasado 24 de febrero parece más un viaje al pasado que un salto hacia adelante.

Regresan las apelaciones a la Guerra Fría, hasta hace muy poco desterrada en las películas de espías y un verso de Sabina. Salen a escena viejos monstruos como la estanflación, esa tóxica combinación de inflación disparada, crisis energética y noqueo del crecimiento que sacudió los años 70. Hay también algunas notas de color en este revival: hace unos días Paul McCartney actuó a sus 80 años dos horas y media en Glastonbury.

En medio de este cambio de ciclo, la OTAN vive ahora, superados los 70 años desde su fundación, un renacer inesperado, convertida en piedra angular de nuestra capacidad de mantener nuestra libertad a flote frente a la amenaza de Rusia. Pero el éxito de esta OTAN 2.0 no debería darse por descontado.

El colapso de la Unión Soviética dejó a la OTAN desubicada sin su razón de ser fundamental, hasta el punto de que muchos cuestionaron su continuidad sin el enemigo a la vista para el que había sido concebida. Pero Margaret Thatcher, entonces primera ministra, habló por muchos: “No cancelas tu seguro de hogar solo porque haya menos robos en tu calle en los últimos 12 meses”.

En los 90 y los primeros años de este siglo, la Alianza fue buscando su nueva identidad, combinando la defensa colectiva y la protección de los intereses de seguridad de sus miembros, que fueron a su vez ampliándose con los países excomunistas. En la búsqueda de un nuevo papel fueron claves las campañas militares para poner freno a las guerras de los Balcanes y la misión en el proceso de reconstrucción en Afganistán.

En los últimos años, a las puertas del renacer al que ahora asistimos, se dio a la OTAN por finiquitada. La especulación con la salida norteamericana durante los años de Trump fue constante. Macron afirmó en 2019 que la Alianza se encontraba en “muerte cerebral”. El progresivo giro norteamericano hacia el Pacífico y el replanteamiento de sus intereses, con la precipitada salida de Afganistán de la noche a la mañana, parecían llevar a la relación trasatlántica al punto más bajo de su historia.

La impensable invasión de Ucrania ha cambiado todos estos esquemas. Las especulaciones sobre la amenaza rusa han pasado de ser un hipotético a un problema de primer orden muy concreto para los países más próximos al país que lidera con puño de acero Vladímir Putin. El reagrupamiento occidental en torno a la OTAN es abrumador, hasta el punto de que dos países como Suecia y Finlandia, con décadas de calculada neutralidad a sus espaldas, han solicitado su ingreso exprés, ahora inminente tras el levantamiento del veto turco.

Pero el éxito de la OTAN en su nueva vida no se medirá solo por el número de sus miembros, ni por las promesas que salgan de esta cumbre, sino sobre todo por su credibilidad. La pregunta a la que deben dar respuesta los líderes en Madrid es muy concreta: ¿están todos ellos dispuestos a acudir al rescate de cada uno de los miembros de la alianza en caso de que se produzca un ataque?

Solamente la disuasión, la certeza de que sus acciones tendrán respuesta, puede frenar a Putin en la particular revancha histórica que está librando en los territorios que ahora son libres y que un día pertenecieron al eje de influencia soviética. La credibilidad occidental costará enormes esfuerzos para los líderes de la alianza, dependientes todos ellos del particular contexto que viven sus países.

El refuerzo de tropas en Europa que ha anunciado Biden en Madrid es una buena noticia, al igual que los planes para aumentar la capacidad de reacción rápida de la alianza en el este. Con un duro invierno a la vista, sobre todo para Europa, cautiva de un gas ruso que puede cortarse en cualquier momento, y con una subida de precios galopante, los líderes tendrán que hacer increíbles esfuerzos por mantener a sus opiniones públicas convencidas de que no nos queda otra para mantenernos a flote.

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