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La Opinión de A Coruña

Juan Soto Ivars

¡Puigdemont existe!

Curioso esto: se me había olvidado Puigdemont. Llevo tal vez más de un año sin caer en la cuenta de que sigue por ahí. Pasó Torra, que era su muñeco teledirigido, pero luego llegó Aragonès, y Pedro Sánchez. Qué lejos queda. El caso es que he recordado de pronto su existencia (o su obcecación, que es la misma cosa) cuando me ha saltado por Google la noticia de que Puigdemont había dado una entrevista a una televisión danesa, donde explicaba que la próxima vez piensa llegar hasta el final. Se entiende que se refería a la independencia. Y ha sido bonito reencontrarme con él, pero luego he reparado en que esa noticia era de noviembre de 2021. ¡Demonios!

He corrido a su Twitter a ver si el hombre se encontraba bien y he constatado que sigue igual que siempre. Todo el mundo tranquilo, ahí sigue, a lo suyo, con lo de la república digital. Para que se note, ahora se hace llamar “krls.eth / Carles Puigdemont”, como cuando Prince se cambió el nombre por un dibujo, y sigue erre que erre. No le va mal en seguidores, hay gente que le sigue llamando Molt Honorable President Puigdemont, lo que alegra a cualquiera que les dé valor a esas cosas, y todos sus tuits son muy virales en esa pequeña aldea gala que es la república digital catalana.

Al ir bajando por su cuenta de Twitter he recordado los días infames de 2017, cuando uno se la pasaba preguntándose qué había en la cabeza de ese hombre y qué nos esperaba, y aquel coitus interruptus maravilloso que fue su declaración de independencia, y el mítico helado que se tomó en Girona, y que terminó de digerir en Bélgica, cuando sus compañeros estaban ya con un pie en el Tribunal Supremo.

Desde que se marchó, dio tiempo a que los condenaran a todos, a que los encarcelaran a todos, y a que Pedro Sánchez les repartiera luego unos indultos. Es como cuando te vas de la fiesta creyendo que se ha terminado pero al día siguiente te mandan esas fotos orgiásticas en las que no estás tú.

En fin. Quería contaros esto, que Puigdemont sigue ahí, en su cuartel general, epicentro de su delirio fantástico, encerrado en el laberinto retórico de la libertad de los pueblos. Me recuerda un poco a esos actores que fueron famosos durante las diez temporadas de una vieja sitcom de éxito mundial y que luego, tras un silencio prolongado, aparecen, gordos y calvos, porque están en una secta o compran el pan en bata, en un artículo que habla de los caprichos traicioneros de la fama.

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