Opinión

Divorcio y desmesura

Ya verás, le digo, tienes que leerte el libro de mi colega, la divorciada. Pero siempre que digo esto tengo que especificar, porque empiezo a tener más amigas y colegas divorciadas que en pareja, aunque sabe perfectamente de quién hablo porque hace unas semanas hicimos una cena en casa, una especie de aquelarre de señoras que se han divorciado y ponen sus vidas patas arriba porque de repente, un día, cuando se levantan, saben que no es eso lo que esperaban: un poco como ese poema de Jaime Gil de Biedma, que “la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos”.

Le digo que se lo lea porque Leticia Asenjo comienza su primera novela como tirando del hilo de una conversación que mi amiga —también divorciada, claro— y yo hemos tenido cientos de veces: que nacimos un poco viejas y pasamos la veintena comportándonos como señoras de costumbres —marido, hogar, perro, familia, criatura— y ahora, en la treintena, ya estamos un poco hasta las narices de todo, de la vida que no era como esperábamos, aunque tampoco es que tengamos mucha idea de qué esperábamos exactamente. En las clases de inglés me dicen que aquello —el ángel del hogar, que decía Woolf— se llama settle down, y mis classmates bromean, porque tenemos, en torno a la idea del compromiso, un montón de bromas siempre, como sociedad, y sobre todo si los bromistas y los classmates son hombres. Dice la teacher que settle down es choose to live a calm life. Calm life. Es una forma de decirlo, sí.

El libro de Leticia Asenjo hace que te partas de risa, que es lo que precisamente esperamos de la vida mi amiga y yo, y se ríe de la desventura de ser una señora joven, una vieja moderna, y de toparse con multitud de señores que un poco se han quedado en las “noches del mes de junio” del poema, y no acaban de desencallar la adolescencia. Era precisamente el libro que nos hacía falta a mi amiga divorciada y a mí, un libro sobre el deseo, los vínculos, la terapia y hacer el ridículo. Sobre cenar un día en el patio de casa y reír por los codos, y que los codos tengan nombres y apellidos.

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