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La Opinión de A Coruña

Juan José Millás

El trasluz

Juan José Millás

Buscar y encontrar

Mientras leo un artículo del periódico desplegado sobre la mesa de trabajo, mi mano derecha se desplaza a ciegas en busca de la taza de té, de la que pretendo dar un sorbo. Mi mano no tiene ojos, pero conoce el recorrido, calcula las distancias y distingue las formas. En esta ocasión, ha llegado donde debería hallarse la taza, pero no tropieza con ella. Yo no aparto mi vista del periódico para no interrumpir la lectura del artículo. Confío en que mi mano dará enseguida con los que busca. Sin embargo, pasada una décima de segundo, lo que tocan mis dedos son otros dedos pequeños, como de bebé. Sobresaltado, abandono el artículo, dirijo la mirada hacia el lugar de los hechos y no veo otra cosa que la taza. ¿Entonces? ¿Acaso mi mano ha sufrido una alucinación?

El recuerdo del extraño suceso me persigue todo el día. ¿Quién sería ese niño cuya mano flotó brevemente por los alrededores de mi mesa de trabajo? Me viene a la memoria un incidente de la infancia: había amanecido con fiebre, de modo que mi madre, tras decidir que no iría al colegio, me trasladó a la cama de matrimonio que compartía con mi padre. Se trataba de una costumbre que ignoro si se daba en otros hogares. En esa cama oceánica pasaba la enfermedad, buceando a veces en sus profundidades en busca de algún monstruo imaginario. Un día en el que mi temperatura era especialmente alta, noté que las plantas de mis pies eran tocadas por las plantas de otros pies, como si hubiera otro niño colocado en espejo con relación a mí. Retiré las piernas bruscamente y luego abrí la cama en busca de aquella otra presencia que no hallé.

No solemos hablar de estos accidentes porque no tenemos explicación para ellos. No, al menos, una explicación racional. En mi caso, tampoco de orden sentimental. Un niño (quizá una niña, ¿cómo saberlo?) me ha tocado dos veces en la vida, la primera en los pies; la segunda en la mano derecha. En ninguna de ellas me permitió verle el rostro, y sin embargo ese crío (o cría) me persigue. Desde la experiencia de la mano, mi mano busca la taza de té con la expectativa de que algo suceda. Pero este tipo de cosas no suceden cuando uno las busca, sino cuando se las encuentra.

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