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La Opinión de A Coruña

Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Impuesto a la madrastra

El Gobierno va a clavarle un rejón fiscal a la banca para que comparta sus beneficios con el pueblo, medida que sin duda recibirá los aplausos del público. Los bancos son malvados por definición, como la madrastra de Blancanieves; y cualquiera que actúe contra ellos —o meramente, los denigre— tiene garantizado un plus de popularidad. Ya se verá o no, cuando toque, el rendimiento de la última inversión gubernamental en el mercado del voto.

Nada importan las ideologías en este asunto. La Falange de José Antonio, por ejemplo, pedía la nacionalización de la banca casi con tanto ímpetu como los indignados del 15-M, movimiento que empezó en tiendas de campaña y ha acabado en mucho más confortables alojamientos. Gracias a la suscripción de hipotecas bancarias, naturalmente.

La mala prensa de los bancos viene de antiguo. Ya se veía a los prestamistas con malos ojos en tiempos de Shakespeare, que los retrató en el personaje del usurero Shylock, empeñado en cobrar cierta deuda sacándole medio kilo de carne al cuerpo de su deudor. Muchos siglos después, permanece aún la sensación de que los bancos nos van a sacar los untos a cambio del dinero que nos prestan.

No es menos verdad, sin embargo, que la izquierda (de la derecha ya ni hablamos) se ha llevado bastante bien con los financieros desde los tiempos inaugurales de Felipe González. Y también los partidos, en general. Por mucho que los vapuleen en público, a título particular casi todos ellos han mantenido excelentes relaciones con los banqueros. Ni siquiera es inusual que la malvada madrastra les perdone de vez en cuando algún crédito millonario a cambio de nada: tan solo porque los partidos le caen simpáticos.

Es esa paradoja la que hace que los bancos sean buenos y malos a la vez. Buenos cuando conceden el crédito del que depende la compra de casas o coches; y malos o incluso malísimos cuando reclaman la devolución del dinero con intereses.

Quizá la explicación a esa pésima fama resida en que los bancos son negocios que trabajan con un material tan sensible como el vil metal, que atesoran en el altar de sus cajas fuertes. Dado el carácter metafísico del dinero, se podría decir que son las catedrales de nuestro tiempo.

A pesar de esa divina apariencia, los bancos son en realidad tiendas que venden dinero, del mismo modo que otras comercian con maquinaria, alimentación, ropa o automóviles. Ninguna de ellas deja de cobrar a sus clientes, como es lógico; si bien de los bancos se espera, en tanto que instituciones vagamente evangélicas, el perdón de las deudas.

Por desgracia, la banca no es institución que se inspire en la caridad cristiana, contra lo que pudiera parecer. Se trata más bien de un negocio, basado, como cualquier otro, en la obtención de beneficios. Proclama sus ganancias sin rebozo al final de cada ejercicio, lo que acaso explique en parte las razones de su impopularidad.

De ahí que la audaz decisión de Pedro Sánchez haya conmocionado a las Bolsas. El presidente ha roto la tradicional entente entre gobiernos y banca —vigente aún en el resto de Europa— con una medida de las que inevitablemente atraen el favor de la audiencia. Falta saber a quién o a quiénes hará pagar la madrastra esta factura.

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