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La Opinión de A Coruña

Carol Vázquez

El lenguaje alto y claro de los rayos

Fue una noche de verano cuando aprendí el truco para saber si una tormenta viene o va de donde estás, ese en el que te pones a contar desde que ves un rayo hasta que suena el trueno: si de un relámpago a otro el tiempo hasta el estruendo se acorta, la tormenta se acerca. Si no, se aleja. Fue en la época de las tormentas de finales de agosto.

Parecía que siempre había sido así y que siempre sería, pero ya no hay épocas. La crisis climática se aceleró y así estamos, desde junio en un bucle de olas de olas de calor históricas, cada una más larga o más calurosa que la anterior, siempre un récord para las estadísticas.

Tenemos también las sequías históricas y los incendios forestales históricos. No solo aquí. Alaska lleva el peor año en superficie quemada, con más de 55 incendios activos que castigan sus bosques encendidos por más de 5.000 rayos que son cerillas. Más rayos se calcula que están detrás de la catástrofe ambiental de los bosques de Galicia: MeteoGalicia cuenta la sacudida de 6.000 rayos en un intervalo de cuatro horas, que desencadenaron un reguero de fuegos simultáneos.

Hemos aprendido a no sentir alivio cuando vemos un relámpago, porque ya no trae apenas lluvia, solo destrucción. El verano pasado los rayos mataron a 147 personas en una región de India, y solo en Sudáfrica mueren alrededor de 250 personas al año por este fenómeno climático que extiende su radio de acción a medida que se desertizan los territorios y aumenta en grados la temperatura ambiental.

El Black Summer de Australia, que arrancó en 2019 y se extendió durante meses, registró los peores incendios forestales de la historia con más de 23 millones de hectáreas devoradas por el fuego y numerosas víctimas mortales, y ahora sabemos que fueron causados por una combinación de ola de calor y tormenta seca en su mayoría. Los estragos causados por el fuego en California, en Estados Unidos, nos enseñaron el poder creador de las llamas, capaces de originar tornados de fuego que atraen más rayos en una espiral de difícil control.

Esta nueva amenaza climática nos ha empujado a buscar soluciones tecnológicas que regulen desde el cielo las descargas eléctricas, con drones o incluso satélites, y ya existe un mercado floreciente de empresas volcadas en innovar en este terreno. Pero el control de los incendios forestales requiere estrategias más globales.

Solo los esfuerzos combinados de científicos, bomberos y agentes forestales, acompañados por políticas seriamente comprometidas contra la crisis climática, pueden plantar cara a los elementos.

En Australia, fue justamente la preocupación por el impacto de las inundaciones, que sacuden la costa este del país de forma cíclica, la que inclinó el voto de los votantes que ha permitido un relevo en la presidencia del país hacia políticas verdes, sostenibles y comprometidas con el medio ambiente.

En Estados Unidos, sin embargo, la inflación parece haber enterrado la última oportunidad para que el plan climático que prometía Joe Biden cuando fue elegido presidente pueda echar a andar antes de su cita con las urnas en noviembre, un revés no solo para los norteamericanos, sino para todos los países que siguen su liderazgo global.

Los fuegos cada vez más cercanos asoman en las pantallas del televisor y en las portadas de los medios, y los políticos cada vez parecen más perdidos en los papeles secundarios de villanos o dirigentes desbordados de las películas de catástrofes de toda la vida. Pero no estamos en una sala de cine, ya no, sino en una cuenta atrás de relámpagos que son avisos cada vez más altos y claros de lo que viene.

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