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La Opinión de A Coruña

Cristina Manzano

Zelenski tropieza en África

Acostumbrado a ser el centro de atención allá donde aparece —aunque sea virtualmente—, la intervención de Volodímir Zelenski ante la Unión Africana (UA) ha debido de ser bien frustrante. De los 54 estados miembros, solo cuatro jefes de Estado se presentaron a escuchar al presidente ucraniano en directo por videoconferencia el pasado 20 de junio. Eso, tras meses de persecución por parte ucraniana para lograr una reunión que se ha celebrado a puerta cerrada, de la que poco ha trascendido y a la que la propia organización panafricana no ha dado ninguna visibilidad.

La intención de Zelenski era, si no ganar para su causa a un continente que se ha mostrado más que reacio a condenar a Rusia por su agresión, al menos tener una interlocución directa con los líderes africanos. Pero desde el principio de la invasión se ha topado ahí con un muro. La gran mayoría de los estados de África consideran que esta no es su guerra. Eso no quiere decir que apoyen la violación de la soberanía de Ucrania, o que no sigan defendiendo sobre el papel el respeto al derecho internacional, la resolución pacífica de los conflictos o la libertad de comercio; pero prefieren no tomar posición ante ninguna de las partes. Tampoco quieren que los países occidentales les digan lo que tienen que pensar o que votar, como ocurrió con las presiones recibidas para condenar la agresión rusa en la Asamblea de Naciones Unidas (baste recordar que de las 38 abstenciones que hubo, 20 eran de países africanos). Y, sobre todo, no quieren verse atrapados por las consecuencias del conflicto, aunque, inevitablemente, les tocan, y mucho. De ahí sus esfuerzos por tratar de desbloquear el comercio de cereales y fertilizantes: más de la mitad de los países africanos dependen del grano procedente de Rusia y de Ucrania.

Por otra parte, no es posible obviar el cúmulo de intereses y redes económicas, energéticas y de seguridad que Rusia —igual que China, igual que otros actores como los Emiratos Árabes, como Turquía— han ido tejiendo en el continente. Este defiende, pues, su neutralidad a capa y espada, aunque se trate de una neutralidad un tanto sui generis: mientras le negaban la atención a Zelenski, poco antes una delegación de la UA visitaba a Putin en Moscú y condenaba las sanciones occidentales.

Más allá de la propia guerra y sus efectos colaterales, es, en buena medida, parte de la batalla entre Occidente y el resto —“the West and the rest”, como lo acuñó el periodista y escritor estadounidense Fareed Zakaria—. Todo un replanteamiento de la visión sobre el reparto de poder mundial establecido, un discurso que hunde sus raíces en la búsqueda de un relato propio para los llamados países del Sur global y que se nutre del debate sobre la descolonización en el terreno de la cooperación (la necesidad de desprenderse de estructuras coloniales que la ayuda al desarrollo genera). Aunque es obvio que “el resto” tampoco es un bloque monolítico y homogéneo en sus planteamientos y actitudes.

Otra cumbre que tuvo lugar en junio fue la de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), un intento de ofrecer un sistema multilateral alternativo al occidental. El encuentro (virtual) ha sido ampliamente ignorado por los medios europeos y estadounidenses. Pese a los altibajos que históricamente ha tenido este grupo, sus líderes representan a casi 3.000 millones de personas y están decididos a plantar cara a la hegemonía de Estados Unidos. Pero incluso ahí, mientras reclaman un espacio y unas formas de hacer propias, la mayor parte de sus miembros —salvo Rusia, claro— siguen tratando de mantener intacto el equilibrio de sus relaciones e intereses con Occidente.

En cualquier caso, Occidente, nosotros, nos equivocamos si pretendemos seguir pensando el mundo como hasta ahora. El futuro orden global requiere sentarse a la mesa en igualdad real de condiciones, dejando fuera cualquier sentimiento de superioridad o paternalismo. Supone todo un desafío cuando algunos de los principios y valores sobre los que basamos nuestra convivencia colectiva están siendo cuestionados en la teoría y/o en la práctica —la soberanía nacional, los derechos humanos, la democracia-—. Pero será necesario encontrar nuevas formas de abordar la cooperación. Una nueva división de bloques supondría un retroceso en el tiempo en la búsqueda de soluciones colectivas a problemas globales que cada vez son más acuciantes.

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