En contraste con el chiste que Santy dibujó magistralmente del anciano cura al que ponen en un aprieto cuando unos padres acuden para que bautice a su retoño, que se lamenta de que tendrá que aprender el rito ya olvidado a fuerza de no bautizar, está la historia —esta auténtica, no de chiste— de otros padres que no consiguen el día y la hora que ellos querrían para bautizar a la cría, pensando sobre todo en los invitados y en la celebración festiva y gastronómica, porque el sacerdote tiene que atender ocho parroquias y no da abasto, y mucho menos a las horas y fechas que los padres proponen. Esos sucedidos son parte de la realidad, que salió reflejada estadísticamente el martes en el reportaje que aquí apareció sobre la diminución en la recepción de los sacramentos del bautismo, la confirmación y el matrimonio. En ello ha de incidir la predicación de los párrocos, y la enseñanza básica de la fe católica. Que lo de menos son los banquetes y las cuchipandas, que lo importante es la recepción de la gracia del sacramento que va a santificar a esos críos, a esos párvulos y a esos contrayentes. Lo demás, es pura tramoya.