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La Opinión de A Coruña

Juan Tallón

¿Estás harto?

Es imposible llegar al final del día sin decir en voz alta, o entre dientes, “estoy harto”. Hay que estarlo. La vida funciona por acumulación de acontecimientos, decisiones, inconvenientes, esfuerzos, que, inevitablemente, se traducen en cansancio, aunque haya alegría. Si un día, de milagro, no dices “estoy harto”, se lo escucharás decir a un amigo, a un compañero, a una pareja. En realidad, todo el mundo está harto. La suma de cosas que hay que hacer continuamente, hasta que uno se va a la cama, conduce a la saciedad absoluta.

Cómo no soñar, cuando imaginamos la vida que nos gustaría llevar, con no hacer nada. No hacer nada quizá sea la réplica perfecta a estar harto. En esa tesitura, la vida pasaría de funcionar por acumulación a hacerlo por descuento, y de resultar pesada, a ser ligera. Figurarse en detalle cómo devendría la sucesión de días, semanas, años no haciendo nada puede provocar angustia, ciertamente, porque habría de alguna forma que inventar al detalle una vida nueva, desconocida, y se podría volver un cometido tedioso, que bien podría llevarte de nuevo a decir “estoy harto”.

Estos días, leyendo las novelas de Patricia Highsmith protagonizadas por Tom Ripley, he visto perfectamente desglosada esa existencia ligera, palpitante, en la que se vive sin hacer nada en particular. Voy por el segundo libro de la saga. Al comienzo del primero, Tom ya confiesa que se le dan bien los números, falsificar firmas, jugar a los dardos, inventarse historias y hacerse pasar por casi cualquier persona. De hecho, cuando un rico padre de familia le propone que viaje a Italia para convencer a su joven y soñador hijo de que regrese a Estados Unidos, Tom no lo consigue, pero a cambio lo mata y asume su personalidad. Y desde entonces, atesora la fórmula para no hacer nada y saborear los días con vértigo. Vive a lo grande, sin atarse a normas morales, tomando aviones, bebiendo martinis, pasando las noches en hoteles, procurándose pasaportes falsos, y, como parte de su estilo de vida, en el que de vez en cuando se mete en líos, recurriendo al asesinato para salir de ellos con éxito. Nunca está harto.

Supongo que estar de vacaciones sería una aproximación momentánea, efímera, a vivir sin hacer nada. Ahora bien, ¿qué vacaciones? Estas hace tiempo que se llenaron de raros significados, y ya es posible —y horrible— estar de vacaciones y seguir trabajando. Lo hace cada vez más gente, que entre tarea y tarea, con el móvil en la mano, juega a creer que desconecta. Se hace difícil disfrutar de unas vacaciones que solo signifiquen que te cruzas de brazos y no haces nada, pongamos, en un mes. Aunque quisieses, no podrías. Y además no querrías. Si alguien te dijese que habría que cambiar una bombilla, tú dirías: “Estoy de vacaciones, lo siento”. ¿Habría que comprar vino? ¿Poner la mesa? ¿Llevar al abuelo a urgencias porque se habría caído por las escaleras? A ti te sería del todo imposible echar una mano: estarías de vacaciones, vacaciones de las de verdad, en la que no haces absolutamente nada, ni salvar una vida.

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