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La Opinión de A Coruña

Deportes de verano (cara A)

Hace unos días, Peli de Tarde (@PeliDeTarde), una divertidísima cuenta de Twitter que reivindica con mucho humor el género de las películas de sobremesa, hizo una encuesta para dirimir qué era más soporífero, las pelis, mayoritariamente alemanas, de esta franja horaria o el Tour de Francia. Ganó el Tour con el 54% de los votos. Un resultado justo, me pareció, porque el Tour, menos para los participantes, es sinónimo de pereza y flojera veraniegas.

Además, el Tour de Francia es un mito de la infancia. Eso entraña cierto peligro, ya que los mitos de la infancia no suelen salir bien parados si los miramos con ojos de adulto. Confrontarlos con la realidad es tremendamente destructivo. Muestra la cara B de los recuerdos. Hoy me gustaría hablarles de la cara buena, la cara A, la bonita, la nostálgica si quieren. Me guardo la cara B para el próximo texto.

En mi infancia, dos de los de los grandes iconos del verano eran deportivos: cada año el Tour; cada cuatro, los Juegos Olímpicos.

En una familia aficionada al deporte —más como espectadores que como practicantes, todo sea dicho—, los Juegos Olímpicos eran una fiesta mayor. Podías disfrutar de cualquier modalidad, porque ya habíamos aprendido una lección fundamental, que, para disfrutar de un deporte, sea lo raro y minoritario que sea, solo necesitas dos cosas: saberte las reglas y escoger un favorito.

Si el deporte era, además, poco popular, tenía otra ventaja, se cobraba poca entrada, de modo que, con un bocata y un refresco para cada uno, unos padres jóvenes con pocos recursos económicos podían tener entretenidos una tarde entera a sus tres hijos. A veces, viendo partidos de béisbol rodeados de japoneses, otras inmersos en el estruendo de las motos en las 24 horas de Montjuïc. Quizá alguna de las jugadoras de la selección francesa de vóley que en los 70 participaron en un torneo en Barcelona todavía recordará que, entre el más bien escaso público, había un pequeñajo que, al verlas salir a la cancha y prendarse, se pasó el partido gritando “Allez France”. Era mi hermano.

Emociones compartidas

Los Juegos Olímpicos vividos en mi infancia me dejaron un bagaje de emociones compartidas. Fueron los de Múnich del 72 y Montreal del 76. Son recuerdos de ver con mis padres y hermanos hazañas deportivas como la del nadador norteamericano Mark Spitz y sus siete medallas de oro en Múnich. O cómo el corredor finlandés de 5.000 y 10.000 metros Lasse Viren repetía en Montreal su hazaña de Múnich y ganaba las dos medallas de oro. Era emocionante verlo correr porque se pasaba buena parte de la carrera en la última posición y al final empezaba a adelantarlos a todos y entonces te parecía que la pista, que antes era larguísima, se acortaba, que no le daría tiempo, que tal vez esta vez lo habría calculado mal. Pero no. Disfrutamos viendo los 400 y los 800 metros al caballo, Alberto Juantorena, un cubano guapísimo de piernas largas y cabellera rizada. Vimos el 10 de la rumana Nadia Comaneci y, mi favorita, los cuatro oros de la nadadora de la RDA Kornelia Ender, cuyas victorias tenían para mí un aliciente especial, y era que entonces sonaba el himno de la RDA, cuya melodía me gustaba muchísimo. Años después descubrí por qué, era de Hanns Eisler. Kornelia, un nombre en realidad de origen latino, se convirtió así para mí en el típico nombre alemán. De modo que, cuando busqué un nombre para la protagonista alemana de una serie de novelas, escogí Cornelia, con ce, eso sí.

Los Juegos Olímpicos cada cuatro años y el Tour cada verano. Calor, modorra, pereza, todo el tiempo del mundo y horas de runrún de la tele como música de fondo. Ver ganar a Merckx, ver sufrir a Ocaña, pensar que, si te llamas Poulidor, igual es normal que siempre quedes segundo, alegrarte de que haya un corredor que se llame Felice, Felice Gimondi. Todo era tan heroico como monótono. Las horas del verano pasaban pedaleando por los pueblos franceses, subiendo esas montañas imposibles. Imágenes de hileras de gente al borde de la carretera aplaudiendo y pensar que debía de ser muy bonito estar allí, con tu autocaravana viendo pasar a los ciclistas. Y gritando “allez, allez, allez”.

Todavía vivíamos la cara A de los deportes de verano. Después llegó la realidad. Pero de eso hablaremos la próxima vez.

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