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La Opinión de A Coruña

Generación Baz Luhrmann

Mi madre siempre fue muy fan de Elvis Presley. Crecí escuchando su música, disfrutando de sus grandes éxitos en una burbuja de anonimato cultural, protegida de la realidad como solo lo puede estar un niño nacido con suerte y demasiado tarde como para comprender la importancia de una carrera musical que hizo posible la carrera de innumerables artistas que tuvieron la suerte de venir después. Después de que Elvis lo cambiara todo.

Seas o no admirador de Elvis Presley, conozcas o no los detalles de su vida, carrera y discografía, si te gusta la música, te gustará la nueva película de Baz Luhrmann, llamada, como no podía ser de otra manera, Elvis. Es, en mi experiencia, la película larga más corta que he visto jamás. Los minutos vuelan, atravesando la pantalla con escenas icónicas que se disuelven en perfecta armonía con las escenas de una realidad que quedaron grabadas hace ya tanto que el mundo había empezado a olvidarlas. Elvis vuelve a la vida, reencarnado en Austin Butler, quien parece haber nacido para interpretar al icónico artista en esta película en concreto. Entrenó su voz para acercarse al tono real de Elvis, estudió su manierismo, sus pasos de baile y su manera de andar. Meses de trabajo que se deshacen en el paladar del espectador con una naturalidad tan asombrosa como sobrecogedora. Los grandes clásicos de Elvis se entremezclan con versiones realizadas por músicos de hoy en día, empujando los límites de los géneros musicales y las expectativas de un público que quizá se sentó en la butaca pensando que vería la clásica película biográfica.

Pero Baz Luhrmann nos regala, una vez más, una película con la que obsesionarnos y descubrir la inaudita belleza de atrevernos a ser nosotros mismos, contra todo pronóstico y hasta la extenuación. La belleza de crear, y sentir, y amar, y ganar, y perder, y compartir la locura de estar vivo. Hay una generación que se sintió nacer con Moulin Rouge! y que hoy ruge de felicidad bailoteando las canciones de Elvis, guiñándole un ojo a su madre en divertida complicidad, ¡gracias a Dios!

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