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La Opinión de A Coruña

José Manuel Otero Lastres

Los incendios forestales y el prestigio personal

España está ardiendo. La ola de calor que se está extendiendo por la península, además de someternos a temperaturas difícilmente soportables, está convirtiendo España en una gran pira. El tema de los incendios forestales puede ser analizado desde diferentes puntos de vista. Además de la conocida politización que encerraba la frase demagógica que hizo singular fortuna durante el franquismo, atribuida al dibujante Jaume Perich: “Cuando el monte se quema, algo suyo se quema, ¡señor conde!”, lo cierto es que hay estudios muy documentados y muy profundos, desde la perspectiva medioambiental y ecologista, que contienen muy atendibles conclusiones sobre las “sinrazones” por las que se prende fuego a los montes, así como sobre las medidas que podrían ponerse en práctica para evitar, o reducir al máximo, la demencial conducta de prender fuego a una riqueza muy importante de la ciudadanía.

Desde la perspectiva constitucional, conviene recordar que el artículo 45.1 de la CE establece que “todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo”. Como señala la doctrina Constitucionalista (Fernando Galindo/Alejandro Rastrollo): “La preocupación por la protección del medio ambiente es uno de los aspectos más innovadores y característicos de la parte dogmática de la Constitución de 1978. Nuestro texto constitucional pasa a ser así —añaden— uno de los pioneros en esta materia, siendo además uno de los síntomas del creciente interés por la conservación de los recursos naturales que se va consolidando en nuestra sociedad. Este surgimiento de una fuerte sensibilidad en torno a la ecología ha sido paralelo al deterioro ocasionado sobre nuestro entorno y los desafíos que éste conlleva. De ahí que en la actualidad problemas como el cambio climático o la desaparición de numerosas especies sean algunos de los más serios desafíos que afronta nuestra civilización”.

La verdad es que el doloroso e irritante tema de los incendios forestales puede ser abordado desde muy diferentes perspectivas. Y no tengo ninguna duda de que la gran mayoría de ellas supondrá una verdadera aportación para tratar de acabar, de una vez por todas, con esta verdadera lacra. Mi contribución será compartir con ustedes dos sentimientos. El primero es que me produce una enorme tristeza ver arder los montes. Aunque seguramente me resultaría muy fácil explicarles por qué me siento tan abatido cuando veo arder los montes, no descubro otra razón que la de comprobar que hay seres humanos (?) con esa predisposición para dañar. E insisto, no lo suyo, sino lo que es de todos y supone el legado que nos ha ido haciendo generosamente la naturaleza a lo largo de los años a pesar de no haberla tratado cómo se merecía. Resulta muy difícil admitir que puede haber alguien con tanto poca conciencia social, como para quemar una riqueza común.

Pero hay otro pensamiento que me asalta cada vez que veo arder el monte. Imagínense que estamos en un aula para hacer un examen como los de la selectividad. Y que una vez sentados el profesor abre un sobre y nos explica que contiene el tema sobre el que vamos a escribir libremente durante dos horas. Y lee en alto: “¿Hay alguna similitud entre el prestigio humano y los incendios forestales?”

Yo me pondría enseguida a escribir porque expondría el pensamiento del que les hablaba. La idea esencial sería destacar la semejanza del juego del tiempo en el desarrollo y en la pérdida de los bosques y del prestigio personal: ambos tardan mucho en conseguirse y se pierden rápidamente.

Hay “prestigio” cuando alguien goza de estima pública como consecuencia de sus indiscutibles méritos. Pues bien, salvo casos excepcionales, lo normal es que el prestigio se vaya adquiriendo poco a poco, al igual que el mérito va llenando el vaso del prestigio gota a gota. Es verdad que el prestigio no es solo cuestión de tiempo, pero es raro que sin el transcurso de un tiempo suficiente se alcance la notoriedad publica inherente al prestigio. En el logro del prestigio no cabe la fast food, sino la cocina lenta y los buenos ingredientes.

Lo mismo sucede con los montes y los bosques, sobre todo con las arboledas formadas por especies de muy lento crecimiento. No se logran los árboles longevos, ni tan siquiera los arbustos y las matas que conforman nuestros bosques, sino con el transcurso del tiempo.

Pues bien, esos dos bienes que tanto cuesta conseguir: el prestigio y los bosques, lejos de ser estáticos, inmutables y duraderos, son bastante inestables en el sentido de que pueden desaparecer rápidamente. El prestigio se esfuma, llevando a cabo cualquier actuación negativa que haga desmerecer al prestigiado en la alta consideración que tienen de él los demás. Y los bosques quedan arrasados tras la acción de incendiarlos. En ambos casos, la acción destructora de las masas forestales o del prestigio puede ser puede ser voluntaria o negligente, pero también tienen diferencias relevantes. Con la fama ajena puede acabarse sin necesidad de que sea verdad el hecho ominoso imputado al prestigiado. Basta que tenga visos de verosimilitud. Y una vez puesto en marcha el infundio puede ser más devastador que un incendio.

En cambio, los incendios forestales son reales, a veces —las más— son buscados de propósito. En otras ocasiones, son consecuencia de actos involuntarios, más o menos negligentes, pero con el mismo resultado: la destrucción de una parte de la naturaleza y a veces de algo más: en la página 13 del diario LA OPINIÓN del pasado día 20, en la información que se da del incendio ocurrido en Veiga de Cascallá (Ourense) se pone en boca de dos afectadas “Nos ardió la vida entera en 20 minutos”. Frase muy brillante que revela que hay incendios que sin llegar a matar a personas acaban con sus vidas.

Lo malo en ambos casos es que desaparecido el prestigio o arrasado el bosque, la regeneración —de ser posible— es tan lenta que puede llevar más de una vida.

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