Kiosco

La Opinión de A Coruña

Alfonso Armada.   | // FDV

La almohada de la conciencia

¿Es el verano una estación especializada en anestesiar la conciencia? Sigue multiplicándose el número de muertes en España a causa de la pandemia, pero hacemos como si estuvieran descontadas, como si formaran parte del paisaje estadístico: carretera, calor, cáncer, suicidio... Averías que forman parte de un sistema que ha habilitado tanatorios para no tener que oler la muerte, besar a los muertos, despedirlos en casa. Porque es más higiénico, más práctico, más rápido. Que la muerte no interrumpa el flujo de la vida.

Siguen los bombardeos contra objetivos civiles en Ucrania. La guerra es un estruendo lejano, semejante a los fuegos artificiales de las fiestas, entre incendios y calores atroces. El cambio climático se hace cada verano más irrefutable. ¿No hay nada que podamos o queramos hacer? Me veo en las terrazas al anochecer, con mis congéneres, disfrutando del alcohol, del olvido a plazos. Como si la vida fuera esto. Y acaso lo sea.

A unos buenos amigos, de buenos sentimientos, angustiados por el sufrimiento de los ucranianos, que en más de una ocasión se han preguntado: “¿Por qué no se rinden?”, les hago llegar las palabras de Benjamin Franklin: “Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad”. Si eran aplicables a quienes optaron por el apaciguamiento frente a Hitler, ¿lo son frente a Putin? En la revista Ler, su director, Francisco José Viegas, dice que debemos ser más aplicados lectores de historia, y que “el pacifismo del equilibrista que equipara la nación invadida al Estado invasor es equidistancia inmoral”, prueba de que el mal sigue teniendo mucho predicamento.

En Alemanes, no tomar partido es ser parte, su respuesta al juicio del gran filósofo alemán Jürgen Habermas tras la invasión de Ucrania, el historiador estadounidense Timothy Snyder recordó en El País que los pueblos europeos y Alemania parecen no haber aprendido una lección de la Segunda Guerra Mundial: que hay conflictos que no se pueden resolver por medios pacíficos, y que “la decisión de abandonar la energía nuclear fue desconcertante; la decisión de construir Nord Stream 2 después de que Rusia invadiera Ucrania en 2014 fue escandalosa. (…) Las decisiones políticas alemanas del siglo XXI hacen que todavía hoy Alemania esté financiando la guerra de destrucción emprendida por Rusia”.

Pero Simon Kuper pone en duda en el Financial Times la necesidad de gastar más en armas. Recuerda que mientras Rusia invirtió en 2021 unos 66.000 millones en pólvora, Estados Unidos está gastando 801.000 millones al año y el resto de miembros de la OTAN, 363.000 millones, y que Rusia está agotando su arsenal en su ataque contra un país que no es miembro de la Alianza.

¿Cómo llegamos a pensar lo que pensamos, a sentir lo que sentimos, y en qué medida nos alumbran los periódicos?

En España nos desesperamos porque la inflación ha superado los dos dígitos y se anuncia un invierno crudo por el precio de la energía. Mientras tanto, en Turquía los precios han aumentado un 78,6% en lo que va de año. ¿Y en Sudán?

Una última propuesta de lectura para el verano, la almohada y la conciencia: Fronteras SA: la industria del control migratorio es el informe de la Fundación porCausa publicado por El Confidencial. Habla lo que nos gastamos en defendernos de los inmigrantes, de esos que amenazan nuestra integridad territorial, como dijo Pedro Sánchez, con palos y piedras. “¿Quién gana con las políticas migratorias de España? Un análisis de casi 3.000 contratos públicos y cerca de 1.000 millones de euros para entender la otra cara de la moneda de este negocio”. ¿Mejor gastar en defender la fortaleza que en ayudar al desarrollo o permitir que lleguen en condiciones para paliar la sangría demográfica, tender los campos que no se cultivan? España funciona como un laboratorio en el que se prueban nuevas tecnologías que posteriormente son adquiridas por estados extranjeros. Cuando el Gobierno de Zapatero decidió instalar concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla, el fabricante de estas alambradas de cuchillas de acero, la malagueña Mora Salazar, apenas era una empresa provincial. Actualmente exporta concertinas a una treintena de países, entre ellos Hungría, Polonia, Turquía y Sudán.

¿Endurecen estos asuntos nuestra almohada? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar para que cambien las cosas?

Compartir el artículo

stats