Kiosco

La Opinión de A Coruña

Care Santos

Descansar

Una de las razones por las que existe la literatura es esta: los seres humanos somos fascinantes. Todos tan iguales y sin embargo tan distintos. Tan previsibles y al mismo tiempo tan incomprensibles. Fuentes inagotables de sorpresas. Inescrutables los unos para los otros.

El verano es un buen momento para darse cuenta de ello. Basta con analizar lo que para tu círculo más o menos estrecho de amistades significa la palabra “descansar”. Les invito a que lo hagan. Pregunten a sus conocidos cómo van a pasar las vacaciones. Y horrorícense.

Tumbarse en la playa de sol a sol, leer un libro tras otro hasta atracarse, darse a la filatelia, correr tras los ídolos de juventud de concierto en concierto hasta el fin del mundo, subir montañas (y bajarlas), hacer bailar gigantes en la fiesta mayor de su pueblo, pintar al óleo, esperar en las colas de algún parque de atracciones bajo un sol abrasador, apoltronarse ante la tele a ver todas las temporadas de Juego de Tronos, recorrer las Highlands o el Gran Cañón o la Ruta del Tambor y del Bombo en un coche alquilado y en familia, aprender japonés, lograr un hito del punto de cruz, organizar barbacoas con amigos de la infancia, navegar por el Mediterráneo, beber, ligar, bucear, bailar salsa (todo irracionalmente), apuntarse a clases de aquagym o practicar rafting en grupo.

Lo bueno es que todas esas cosas en teoría maravillosas no son intercambiables. El filatélico no necesariamente disfrutará en clases de zumba y al ligón puede que la lectura le parezca demasiado pasiva para este momento de su vida. Es más, cada uno se sentiría muy desdichado si aterrizara de pronto en el verano del otro.

Mejor aun es que a lo largo de los veranos de toda una vida se puede cambiar varias veces de idea y hasta de gustos. Puede que hace unos años tus vacaciones ideales consistieran en recorrer kilómetros de carretera sin un plan determinado, aceptando los inconvenientes de la aventura y durmiendo en toda clase de lugares (incluida alguna estación). Pero tal vez ahora te aterra la posibilidad de salir de casa sin tenerlo todo previsto de antemano, en especial aquello que con los años se ha vuelto innegociable, como dormir en una cama. Recorrer las Highlands o navegar por el Mediterráneo sigue siendo apetecible, pero —sorpresa— tanto como tumbarte a la bartola con esa montaña de libros que lleva esperándote todo el año. Al fin y al cabo, hay muchos modos de viajar. Tantos como los hay de ser feliz. A saber si eso significa que te vuelves simple, cómodo o solo que te haces mayor. En todo caso, no piensas dedicar las vacaciones a descubrirlo.

Les diré a qué pienso dedicar mis vacaciones. A hacer caso a quienes y a lo que me importa. Mi familia, los libros pendientes, el mar, algunas (pocas) personas que viven demasiado lejos, un par de escapadas muy aplazadas, los cuadros de un par de museos, los anocheceres, el vuelo de los pájaros, las rosas, la música. Para mí todo eso es descansar. Y ser feliz, claro. Tal vez en otoño me apunte a clases de zumba, ya veremos.

Compartir el artículo

stats