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La Opinión de A Coruña

Salinas

Oleadas de estrés climático

Hace y ha hecho calor. Mogollón. Incluso en esta esquina del mapa nacional que se consideraba irreductible a los desatinos meteorológicos. Aquí también. Y el aumento de las temperaturas, preocupante por las consecuencias que subyacen por detrás, también tiene un claro impacto individual. Los efectos sobre la salud física son evidentes. El caso más claro ha sido el del trabajador de una subcontrata de la comunidad de Madrid que hace unos días murió de lo que se conoce como “golpe de calor”. Algo así como un síncope que se produce cuando nuestros cuerpos son incapaces de asimilar ese cambio del termostato. Y eso que los organismos de los humanos son muy buenos termorreguladores. Muchísimo mejores que, por ejemplo, el de los animales domésticos, los perros y los gatos, a quienes les cuesta mucho más aclimatarse a estos vaivenes. Pero el calor no solo afecta al cuerpo físico, también afecta a lo mental.

Así soltada, la frase de ese primer párrafo puede parecer algo pretenciosa. No lo es. Está fundamentada en diversos estudios de psicólogos que preocupados por los azotes del cambio climático se han puesto a indagar de qué forma este jaleo de temperaturas nos toca a la cabeza. Han encontrado que hay correlaciones bastante nítidas entre el aumento de las temperaturas y la salud mental.

El caso es que cuando ocurren este tipo de fenómenos meteorológicos el cuerpo humano se somete a un tremendo estrés. Y el estrés, amigos y amigas, mata. Lo hace de una forma silenciosa, callada, así como por detrás, pero mata. Todos los tipos de estrés —aunque especialmente el laboral, ese es el peor de todos— son asesinos en serie sigilosos que van haciendo mella en nuestras capacidades cognitivas y conductuales. Existe el estrés climático. Claro que existe. Pero como es silencioso ni nos enteramos de su existencia. Mónica de la Fuente, catedrática de Fisiología en la Universidad Complutense de Madrid, lleva varias décadas estudiando como las emociones influyen en el sistema inmunitario. A su vez, las emociones están claramente influenciadas por las situaciones estresantes. Como el calor. Según sus estudios las emociones positivas son determinantes para tener un sistema inmune vigoroso, fuerte y capaz de afrontar todos los problemas que se le pongan por delante. Pero las negativas, a la larga, pueden llegar a resultar fatales.

El calor genera que seamos más agresivos, que se nos vaya la cabeza. Nos va en la naturaleza, otros animales reaccionan de forma opuesta. También hace, aunque no lo notemos tan a la ligera, que nuestros pensamientos sean mucho más confusos, tenemos más problemas a la hora de pensar y de razonar. Hubo un estudio curioso hace ya unos cuantos años en una universidad de Boston en el que dejaron a un grupo de estudiantes en una sala sin aire acondicionado. Una ventaja de la que sí que disfrutaba el conocido como grupo de control —otra terna de alumnos— y que sirvió para establecer la comparación entre ambos. Los investigadores concluyeron, después de someter a todos los estudiantes a unas pruebas cognitivas, que el rendimiento de los que las habían hecho sin aire acondicionado había sido un 13% inferior respecto a sus privilegiados compañeros. Quizás el porcentaje pueda no impresionar demasiado, pero imagine que durante un día normal en el que se tienen que tomar cientos decisiones —desde que ropa se pone uno hasta a qué hora se va para la cama— un 13% de ellas fueran fallidas.

Las olas de calor aumentan los síntomas de las personas depresivas. Los agravan. También los de aquellos que tienen ansiedad generalizada (TAS, para los duchos).

Y, ahora viene lo duro, hay un estudio que asegura que en aquellas zonas del planeta en las que más está creciendo la humedad las tasas de suicidio también están aumentando. Más entre mujeres que hombres, curiosamente. El estudio lo firma el profesor del departamento de salud de la University College de Londres (Reino Unido, porque quizá alguno con esto del Brexit le cueste ubicarlo). De su investigación es interesante también resaltar que no solo aumenta el suicidio, también las autolesiones. Es decir, la intención de hacernos daño a nosotros mismos.

Todo por culpa del estrés, también el climático. Así que, si aceptan un humilde consejo: huyan de él. Mata. Es un asesino.

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