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La Opinión de A Coruña

Pedro de Silva.

Tribulaciones del buen animalista

El buen animalista siempre tiene conciencia de culpa, pues serlo consiste en sentirse culpable de ser rey de la creación. Al salir le apena dejar en casa a su perro, que le mira por la ventana con ojos lastimeros. Él corresponde volviendo la cara y haciendo un saludo con la mano, que unos pasos después repite. Pero esa breve ceremonia le distrae del suelo, y el buen animalista oye con horror un sutil crujido al pisar algo, que de inmediato identifica con un caracol. Pero es peor aún: lo que ve son los restos de dos caracoles enlazados, que sin duda se apareaban. Aparta con cuidado los restos hacia el jardincito y empieza a procesar la culpa, para que no medre o se infecte. Como el descuido al pisar se ha debido al gesto de despedirse del perrito, se absuelve a sí mismo, pero un segundo después vuelven a su cabeza los caracoles, que tal vez se habían dormido después de hacerlo. ¡Ay!

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