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La Opinión de A Coruña

Sin voluntad de repartir carnés de exclusividad, es evidente que el feminismo más activo se mueve por la izquierda. No fue hasta 2018 que el PP y Ciudadanos empezaron a reivindicar su trozo de pastel violeta. Sí, es mayoritariamente de izquierdas. Y así nos va. Es difícil saber qué ha sido primero. Si la pulsión autodestructiva de la izquierda se ha colado en el feminismo o si la polarización por el tema trans en el feminismo ha añadido toxinas a la izquierda. Sea una u otra la palanca, el resultado salta a la vista. Las cuitas se multiplican. El gobierno progresista se debilita.

Muy pronto empezó a correr la etiqueta #MonteroDimisión. No hacía ni un año que Irene Montero había tomado el cargo de ministra de Igualdad. Entre las que se abonaron a la petición de dimisión había discrepancias ideológicas, pero, sobre todo, una virulencia colosal. Un encono que hacía pensar en Marta Ferrusola y su reacción ante el desalojo de CiU de la Generalitat: “Es como si entran en tu casa y te encuentras los armarios revueltos, porque te han robado”. A un sector socialista no le cayó bien que ese ministerio cayera en Unidas Podemos y un sector de UP cree que ha inventado el feminismo. Descalabro en plena ofensiva ultraconservadora.

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