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La Opinión de A Coruña

Salinas

Las máquinas no piensan

Desde hace años científicos, psicólogos y filósofos están enzarzados en definir qué es la consciencia. Un término poliédrico, que llama a la confusión y del que se han apropiado los gurús de la autoayuda que han visto en él un buen filón para colocar su producto. Al final, puede haber cierto consenso en que la consciencia es todo aquello que sentimos o experimentamos. Con un matiz. Tenemos que poner atención en ello. Porque podemos respirar de forma automática. De hecho, nuestro cuerpo —y más concretamente nuestro inteligente sistema autónomo— está equipado para hacerlo, pero cuando le comenzamos a prestar atención a la forma en la que el aire entra y sale por nuestros orificios nasales es cuando comenzamos a ser conscientes de una rutina tan anodina como vital. También es una de las técnicas más utilizadas para reducir el estrés. Porque para hacerlo solo hay que ser un poco consciente de uno mismo, pero esa es otra historia. Aun cuando no hay una definición clara y concisa sobe la consciencia, aunque cada vez se va perfilando más, hay quien habla de dotar de consciencia a las máquinas. ¿Es posible?

Cuando se entra en este debate es inevitable acabar enfangado en cuestiones teóricas porque hay quien confunde todavía consciencia con habilidad. Es más que evidente que una máquina (un robot o un humanoide) no puede hacer lo mismo que hace un humano porque le falta la naturalidad propia de una especie que lleva en su mochila miles de años de errática evolución. El ejemplo más manido es el del lenguaje, la cualidad más asombrosa del ser humano, que como ser consciente, y muchas veces inconsciente, practica con una naturalidad asombrosa. Es una cualidad tan propia que parece un hito totalmente inalcanzable para las máquinas. O no. Hay empresas de tecnología que se están gastando miles de millones en intentar que sus sistemas de traducción sean más fluidos, más naturales, que se asemejen mucho más a lo que es un humano. Pero ¿el lenguaje es consciencia? Quizás sea una parte de ella, porque nos sirve para verbalizar lo que sentimos, pero solo es una porción de una tarta inabarcable. En lo que no están invirtiendo esas grandes corporaciones —o sí y puede que lo lleven en secreto— es en dotar a esas máquinas del equipamiento completo. Hacerlos que puedan hablar con total naturalidad —algo de lo que están todavía muy lejos, lejísimos—, que tomen decisiones por sí mismos —evidentemente basados en algoritmos que van retroalimentándose y perfeccionándose—, y que sean capaces de sentir. Pero aún hay más. También tienen que ser capaces de verbalizar y de interiorizar todo lo que sienten. De acomodar en su interior un abrazo, de expresar un sentimiento de forma sincera y, quizás lo más importante de todo, ser altruistas de manera natural, no forzada. Porque lo del lenguaje y todo eso está muy bien, pero lo que realmente distingue a los seres humanos es su cooperación desinteresada (la interesada es simplemente basura), la forma en la que se ayudan unos a otros para crear comunidad. Y a las máquinas aún les falta muchísimo trecho para poder rozar esta cualidad.

El debate llegó a estar tan en auge que hace ahora una década un grupo de científicos de Cambridge realizó un completo estudio en el que concluyó que la consciencia no era una facultad exclusiva de los seres humanos. Su informe fue tan impactante que llegó a conocerse como La declaración de Cambridge sobre la conciencia. Así con toda la pompa. Uno de los principales avances que dieron estos científicos fue el de descubrir que los animales también son seres conscientes, lo que pensado un poco en caliente puede tener toda la lógica del mundo porque los animales son capaces de moverse por el mundo tomando sus propias decisiones, sintiendo lo que tienen a su alrededor, interactuando con los demás de una forma, para ellos, de lo más natural.

Fritjof Capra es un tipo peculiar, es un físico de la Universidad de Viena que escribió un libro al que llamó La trama de la vida (The web of life en inglés) y en el que se da una acertadísima definición de lo que es la consciencia. Dice que cada vez que percibimos algo, cada vez que sentimos, que vemos, que experimentamos algo, que tenemos una relación con los demás vamos aprendiendo y nuestra consciencia se va edificando. Imposible para las máquinas.

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