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La Opinión de A Coruña

Salinas

Las apariencias engañan

La última foto es una campaña que ha puesto en marcha una organización no gubernamental (ONG) de Gran Bretaña para concienciar a los ciudadanos de aquel archipiélago que antes era miembro de la Unión Europea (UE) sobre los riesgos del suicidio. En esa foto aparecen personas sonriendo, felices, celebrando su cumpleaños, jugando con sus hijos, practicando deporte... Las imágenes vienen con una leyenda letal: “Esta persona se suicidó unos días después”. La ONG se llama Campaign against living miserably (que viene a ser algo así como Campaña para no vivir miserablemente).

“Puede ser complicado y en ocasiones difícil saber si una persona tiene pensamientos suicidas”. El mensaje figura en la página web de esta ONG que está ganando una enorme popularidad. El del suicidio es un tema tan complejo como difícil de abordar. Comenzar una conversación puede ayudar a frenar el suicidio, dice la campaña de esta organización que llama también a remover el estigma que rodea a aquellos que deciden acabar con su vida, muy probablemente porque lo ven como la única salida a una situación desesperada. Lo que no saben, o lo que no logran interiorizar por culpa de un bloqueo mental extremo, es que no es la única salida. De todo se sale.

Ese estigma ha perseguido desde hace décadas al suicidio. Desde hace muchísimo. Por ejemplo, un mito que, poco a poco, ha ido desmontándose es el de que en los países nórdicos hay más suicidios que en el resto del mundo. La tasa en Suecia, Noruega o Finlandia es alta, pero está a la par de otros países a, priori, mucho más alegres como España. El caso es que durante años el conteo de los casos en los países en los que la iglesia católica estaba más arraigada se hacía de forma errónea. La iglesia se negaba a celebrar funerales a aquellos que se hubieran suicidado; mientras que en los lugares en los que esta religión tenía menos tradición el conteo se hacía de una forma más competente. Con el paso de los años la situación ha ido cambiando y la contabilidad va acercándose a la realidad, aunque todavía hay casos que, por estigma, vergüenza de las familias o quién sabe la razón todavía se enmascaran y acaban perdiéndose en las estadísticas.

La campaña viene a decir que las apariencias engañan. Unas personas pueden tener una coraza muy fuerte, casi impermeable, que les hace ocultar hasta lo más hondo sus sentimientos. Es una forma de protegerse de no tener esa conversación que, a medio plazo, puede llegar a salvar vidas.

Por lo general el trastorno que está más próximo al suicidio es el de la depresión mayor (aunque también está cercano el trastorno afectivo bipolar, la esquizofrenia o la dependencia del alcohol), que durante la pandemia del coronavirus ha crecido con una tremenda fuerza. Una buena parte de los que sufren este trastorno tratan de ocultarlo por todos los medios. De la construcción de esa coraza detrás de la que se esconden muchos tiene bastante culpa la propia sociedad en la que ser feliz es un imperativo. Es una especie de dictadura, quieren que todos sonriamos durante todo el tiempo, sin tener un segundo para ser infeliz y sin poder expresar tristeza públicamente. Hay personas que incluso llegan a sentirse culpables por experimentar malestar. Hay algunos que se consideran como “profesionales de la salud mental” —y las comillas no están puestas por error— y que cargan la culpa contra los propios enfermos aconsejándoles (en televisión o en la podredumbre de los manuales de autoayuda) que la culpa de no estar bien depende única y exclusivamente de ellos mismos.

El suicidio es completamente imposible de predecir. Hubo hace unos cuantos años un estudio clásico en el que se hizo un seguimiento de casi 5.000 pacientes psiquiátricos. Querían saber, utilizando una serie de factores de riesgo, había alguna forma de predecir cuántos de ellos podían morir por suicidio. El rústico algoritmo falló como si fuera una escopeta de feria. La predicción que hicieron sostenía que del grupo habría más de un millar que acabarían suicidándose, acabaron haciéndolo una treintena. Suicidarse es un evento raro, rarísimo. Lo que no evita que cuando ocurre el duelo es terrible.

Al final, tener una conversación a tiempo puede llegar a salvar vidas. Hay que hablar más para romper caparazones.

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