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La Opinión de A Coruña

Astrid Barrio

Infamia en la Rambla

La conmemoración del quinto aniversario de los desgraciados atentados islamistas en la Rambla de Barcelona ha quedado empañada por el miserable comportamiento de algunos asistentes al acto, de ideología independentista, que en vez de acudir al mismo para mostrar respeto y solidaridad hacia las víctimas y sus familias y su rechazo al terrorismo, aprovecharon la ocasión, con enfermiza insensibilidad, para volver a sostener la neurótica tesis que atribuye al Estado español la responsabilidad de los atentados. Más allá de los habituales abucheos a las autoridades políticas, que no por habituales dejan de ser menos despreciables en este tipo de contextos, los exaltados ni siquiera respetaron el minuto de silencio en honor de las víctimas, que fue interrumpido por sus proclamas. La ignominia podría haber acabado aquí pero no fue así. Una vez finalizado el acto institucional, la suspendida presidenta del Parlament, Laura Borràs, se acercó a saludar a los manifestantes, lo que equivale a avalar su comportamiento por mucho que después haya dicho que su conducta estaba fuera de lugar, y exhibiendo una vergonzante sonrisa autocomplaciente, fruto de una vanidad sin precedentes, fue acogida a gritos de “presidenta”. No era el momento de darse un baño de masas y hacerlo en esas circunstancias solo revela una enorme bajeza moral.

La condena de la interrupción del minuto de silencio y a la infame actitud de Borràs ha sido casi unánime, incluyendo a miembros de su propio partido, que han afeado su oportunismo y el de los manifestantes. Solo algunos de sus más estrechos colaboradores, unos con actitud cerril, como Jaume Alonso-Cuevillas, han intentado falsear unos hechos de los que hay numerosos testimonios gráficos y sonoros; otros, como Francesc de Dalmases, han jaleado el comportamiento de Borràs, y algunos, como Aurora Madaula, en nombre del Consell de la República, han legitimado las inoportunas protestas. Por acción o por omisión no ha habido ninguna condena de los hechos por parte de ese sector cada vez más minoritario, pero muy ruidoso, del independentismo que ve en cada ocasión, por muy extemporánea que sea, el momento propicio para exhibir un argumentario político cada vez más basado en la mentira, la tergiversación y la manipulación y que en muchas ocasiones roza la paranoia. Flaco favor hacen a su causa y a la idea de que el independentismo en su conjunto es pacífico y democrático. Porque esos miserables son violentos, no tienen el mínimo respeto por los procedimientos democráticos ni por las instituciones y, en relación a los hechos de la Rambla, han demostrado una falta de empatía que revela, nuevamente, el verdadero rostro de la banalidad del mal.

En un segundo plano ha quedado el dolor inimaginable de los allegados a las víctimas, quienes debían ser los verdaderos protagonistas de la jornada, y las imágenes de la solidaridad de los cientos de ciudadanos anónimos, un Cant del Ocells ahogado entre los gritos de protesta, los claveles blancos depositados en señal de afecto y de duelo, la madre sentada en una silla que llora con la foto de su hijo en el regazo y una solitaria figura de Iron Man en un macetero, que nos recuerda que en ese brutal atentado también fallecieron niños.

La condena al terrorismo y el apoyo incondicional a sus víctimas debe ser siempre, sin lugar a ninguna excepción, la ocasión para demostrar la unidad de los políticos y de las sociedades cualquiera que sea su ideología y nunca, por muy legítimas que sean las reivindicaciones, debe convertirse en un espacio para la protesta política. Y no debe serlo bajo ningún formato. Ni abucheando a las autoridades, ni interrumpiendo minutos de silencio como hicieron los activistas independentistas, ni aprovechando para obtener réditos políticos como hizo Borràs, ni dejando de asistir al acto institucional y eludiendo sus responsabilidades como hicieron Ciudadanos, Vox y PP. Toda esta politiquería ha hecho acto de presencia en el quinto aniversario de los atentados en la Rambla. La mayor de las vergüenzas para los ciudadanos, la inmensa mayoría, a los que se nos encoge el corazón viendo el sufrimiento de los damnificados.

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