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La Opinión de A Coruña

Luis M. Alonso

sol y sombra

Luis M. Alonso

Sin respuesta

La vida remonta, pasan los años, y nos encontramos en un escenario de pequeñas preguntas sin respuestas. Es como si de repente se plantease el desafío de enfrentarnos en desigualdad de condiciones a un campo del conocimiento cotidiano que ya creíamos superado. Se trata de respuestas que con frecuencia aplazamos porque empieza a fallar la memoria. Hablamos de libros que hemos leído y de autores que nos resultan supuestamente familiares. De canciones que escuchamos, películas y series que hemos visto. Bueno, pues no siempre nos acordamos de sus nombres o de sus títulos. Sí, era del director tal o del actor aquel de aquella otra, insistimos para hacernos entender. Sucede igual con el lugar donde estuvimos y queremos recomendar, sencillamente porque es recomendable.

La memoria se puede ejercitar. Aún así con el paso del tiempo jamás la recordaremos de la misma manera que cuando presumíamos de rememorarlo todo, hasta el último detalle. Ahora, el detalle queda muchas veces pendiente de otra conversación. Más tarde me acordaré, luego te lo digo, déjame que piense. Realmente no es la ausencia de memoria lo que nos perturba, sino el deseo vehemente de recordarlo todo en cualquier momento.

Para remediar estas fugas contamos con Google, que ha contribuido a simplificar las cosas; también a simplificarnos a nosotros mismos. El uso del navegador nos saca de dudas y refuerza, al mismo tiempo, nuestra inseguridad, cuando el interlocutor que tenemos al otro lado del teléfono consulta en la pantalla mientras da con las respuestas que permanecían en el aire. También nos evita el esfuerzo de concentración, ese pulso librado honradamente contra el olvido, para profundizar en la memoria. El problema es que la tecnología crece y los cerebros continúan siendo igual de pequeños. Algunos incluso menguan por la falta de ejercicio, justo al contrario que sucede con los cuerpos relajados. Eso sí, nos compensa con la vaga ilusión de poder salir del paso sin necesidad de estrujarnos la mollera, que corre el riesgo de secarse.

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