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La Opinión de A Coruña

Salinas

El cortoplacismo domina el mundo

Pensar se ha convertido en un deporte de riesgo. Nos quieren adoctrinados, alineados y sin salirnos de una línea muy confusa que marca una sociedad que muchos no logramos abarcar. No se preocupen, este no es un alegato orweliano ni la segunda parte de 1984, aunque viendo el control que tienen sobre nuestras vidas gracias a ese aparatito espía que llevamos todos (por una deplorable obligación social) en el bolsillo. Todo esto viene a cuento de que vivimos en un mundo tremendamente cortoplacista. Cada vez más. Todo tiene que ser para ya. Todo tiene que ocurrir de inmediato, de lo contrario carece de validez. Y dentro de este mundo cada vez más hostil para los que intentamos vivir a otra velocidad hay muy poco espacio para aquellos que tienen las miras más a largo plazo. Cuando alguien se sale de esa borrosa línea que marca el cortoplacismo se le apedrea públicamente, como ocurría en épocas pretéritas. Aunque ahora, salvo burradas como las de los países árabes, la lapidación ya no tiene lugar en persona, a la vista de todos. En este mundo cortoplacista las lapidaciones son por la espalda o escudados detrás de un apodo en las estúpidas redes sociales. Somos cada vez más cortoplacistas y también más cobardes.

Roman Krznaric (el apellido es complicado) es un australiano que fundó hace unos cuantos años lo que llamó como The School of Life (La escuela de vida) en Londres, que es asesor de la Organización de Naciones Unidas y que hace unos meses publicó un libro titulado El buen antepasado en el que defiende precisamente esa misma tesis, que nuestros cortoplacismo hace que veamos el futuro como una quimera. Un ejemplo, que el australiano (voy a intentar no volver a escribir su apellido) refleja en su libro. Hay gobiernos, como el de la Unión Europea (por no irnos más cerca) que están intentando fomentar ese pensamiento más a largo plazo en asuntos tan importantes como el del cambio climático. Sin embargo, lo que se suelen encontrar en la sociedad, los empresarios y determinadas sectas es una hostilidad manifiesta. El cortoplacismo domina el mundo.

¿Por qué? Defiende el asesor de la ONU que hemos malinterpretado algunos argumentos como, por ejemplo, el de “trata al prójimo como a ti mismo”. Un principio que rige las grandes religiones del mundo y que, por lo general, suele ser una de las primeras lecciones morales que tienen los niños cuando empiezan a clase. Pero es una lección extraña y cortoplacista. Se tiende a concebirla dentro de los propios confines de nuestra propia vida, como seres extremadamente egoístas que somos, y acabamos reduciéndola a algo así como tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros. Que no está mal, pero es bastante cortoplacista. El australiano (no lo voy a escribir) propone cambiar el término por: “Tratar a las generaciones futuras como lo han hecho contigo las generaciones pasadas”. No está mal el cambio, aunque si me permiten la reflexión si los de mi generación tuviéramos que tratar a los de las venideras como lo hicieron nuestros antecesores estarían bastante fastidiados. Perdonen por el trabalenguas.

El caso es que los seres humanos están diseñados para pensar en el futuro más que ningún otro animal (aunque muchos de ustedes lo nieguen seguimos siendo animales) y, de hecho, muchas de nuestras estructuras cerebrales están preparadas para esa tarea, como el lóbulo prefrontal. Pero ese pensamiento a largo plazo está muy limitado. Parece una contradicción, pero no lo es. La mayoría de la gente (permítanme excluirme del grupo) se pasa el día haciendo planes para un futuro más o menos cercano. Las vacaciones de este año, el compromiso social al que hay que ir dentro de unas semanas, la cena de esta noche... Pero no solemos hacer demasiados planes a, por ejemplo, diez años vista.

No toda la esperanza está perdida. Hay varios estudios en el campo de la psicología conductual que demuestran lo poco que cuesta canalizar nuestro legado hacia las generaciones futuras. Una de las mayores expertas en este campo es Kimberly Wade-Benzoni que hizo un estudio en el que pidió a dos grupos de participantes que unos leyeran un artículo sobre alguien que había muerto en un accidente de aviación y los otros uno sobre un genio ruso de las matemáticas. Luego se les dijo que iban a participar en un sorteo de la lotería y se les dio la opción de donar el premio a una organización benéfica que ayudaba a gente del futuro o a otra que ayudaba a las generaciones futuras.

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