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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

¿Cómo conseguir la paz cuando ninguno está dispuesto a ceder?

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, lo tiene claro: su país tiene que recuperar todo el territorio que le ha robado Rusia.

Ucrania luchará “hasta el final”, aseguró Zelenski el día de la independencia del país, y no está “dispuesta a hacerle ninguna concesión, a compromiso alguno con el invasor”.

Cederle a Rusia aunque solo fuera la península de Crimea equivaldría a una derrota que el presidente ucraniano no podría permitirse porque sería seguramente el final de su carrera política.

La misma intransigencia muestra el autócrata del Kremlin, Vladímir Putin, que lanzó una guerra insensata para “desnazificar” a una nación que considera parte del “mundo ruso” y a quien el tiro ha terminado saliéndole por la culata.

¿Cómo conseguir en esas circunstancias la paz cuando ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder? ¿Y cuando los países de la Alianza, de cuya ayuda militar depende Ucrania, insisten en que Rusia debe salir derrotada de esa aventura militar?

Afirmaba el otro día la especialmente beligerante ministra alemana de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, que Berlín seguirá armando a Ucrania porque “así se salvarán vidas”. ¡Puro lenguaje orwelliano!

Y el alto representante para la Política Exterior de Bruselas, el socialista Josep Borrell propone adiestrar a militares ucranianos, lo mismo que hace ya el Reino Unido de Boris Johnson.

Se va confirmando algo que hace tiempo que se perfilaba: la Unión Europea y la OTAN tienden a confundirse cada vez más. Sobre todo desde la cumbre de la Alianza en la capital española.

Está claro en cualquier caso que el único país que podría presionar a Zelenski es Estados Unidos, pero su presidente, Joe Biden, parece apostar por lo contrario con su anuncio del mayor paquete de ayuda militar a Ucrania: casi 3.000 millones de dólares.

“Esto permitirá a Ucrania, según explicó ufano el demócrata, adquirir sistemas de defensa aérea, sistemas de artillería y municiones, sistemas aéreos no tripulados y radares para garantizar que pueda seguir defendiéndose a largo plazo”.

Mientras las armas de unos y otros sigan matando a rusos y ucranianos y las inevitables consecuencias económicas del conflicto las sufran sobre todo los ciudadanos europeos, nada parece importar demasiado al otro lado del Atlántico, donde los accionistas del sector armamentista y de la industria del petróleo se están frotando las manos.

Medio año de guerra ha costado ya más de 5.500 vidas de civiles inocentes, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Y la cuenta prosigue diariamente. Por no hablar ya de los miles de muertos de unos y otros en combate.

De Rusia es poco de lo que nos enteramos y no solo por la férrea censura de ese país, sino también por el absurdo bloqueo al que están sometidos todos los medios rusos por parte de un Occidente que, sin embargo, presume de la libertad de información.

De Ucrania sabemos sobre todo lo que cuentan las fuentes oficiales aunque parece que hay ciertos movimientos en el seno del Gobierno de Kiev y preocupación también entre la población de cara al próximo invierno.

Inquieta al politólogo ucraniano Olekséi Golubitsky que el país parezca haber pasado de una presidencia controlada por el Parlamento a un sistema fuertemente presidencialista (1), algo que tal vez se justifique en parte por la situación de guerra.

Algunos consideran, sin embargo, excesivos los poderes del ambicioso jefe de la oficina del Presidente, Andrey Yermak, quien tuvo al parecer un papel determinante en la destitución, a finales de julio, por Zelenski del jefe de los servicios secretos y a la fiscal general, algo insuficientemente justificado y que causó cierta preocupación en Washington.

Al margen de una guerra que nunca debió ser a la que nadie está ahora dispuesto a poner fin son numerosos los desafíos a los que se enfrenta el Gobierno de Zelenski: corrupción, injusticia social, escasez de combustible —gas y petróleo— y riesgo permanente de catástrofe nuclear por los bombardeos.

(1) En declaraciones al diario berlinés Der Tagesspiegel.

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