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La Opinión de A Coruña

a pie de página

Vidas irreconciliables

La natalidad en España anda por los suelos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) difundió el pasado 17 de agosto los datos de nacimientos del primer semestre de 2022: en ese periodo vieron la luz 159.705 bebés, una cifra similar a la de la primera mitad del año anterior. Es la peor cifra de natalidad en España desde 1941, el primer año del registro histórico.

Empezamos el siglo con preocupación por el retraso en la edad de procreación y ahora andamos alarmados porque muchas mujeres desisten de tener hijos. Las mujeres y sus parejas, porque en la mayoría de los casos lo de traer hijos al mundo sigue siendo cosa de dos. No invitaba a ello el contexto laboral, a menudo precario e inestable, y eso viene de lejos, ni los vaticinios de futuro, con una guerra a las puertas de Europa, la crisis energética y climática y la consecuente amenaza de recesión.

Progresivamente va cayendo el número de mujeres en edad fértil, por el envejecimiento de la población, y se van perdiendo las ganas de asumir una responsabilidad de la que hay que sopesar bien los pros y los contras, y estos últimos, a día de hoy y aunque algo han mejorado las cosas, siguen siendo más para las mujeres.

Con el susto de la pandemia en el cuerpo, con las consecuencias que tuvo para muchas familias que perdieron sus ingresos por el parón económico, y con un futuro cada vez con menos certezas, lanzarse a la maternidad, y por supuesto a la paternidad, requiere una generosidad que recibe poco reconocimiento.

Los sucesivos gobiernos, tanto los estatales como los autonómicos, y en general todos los que deberían mostrar preocupación por el asunto, actúan como si hubieran asumido que los españoles somos una especie en extinción. Hablan de repoblar el país con gente de otros países, de promover la inmigración, también de incentivar la natalidad entre los autóctonos, pero de creación de empleo, de los cuidados, de la conciliación, de ayudar a las familias, y no solo económicamente, no se escucha ni una sola palabra. No se habla de poner en marcha, y a velocidad acelerada, un plan nacional de conciliación familiar y laboral o de rescate de la institución familiar. Siete de cada diez mujeres, según una encuesta del Club de las Malas Madres en 2020, aseguran que tendrían más hijos si dispusieran de facilidades para conciliar. No hay mucho más que añadir.

La cantidad de dificultades que tienen que sortear las familias para cuidar de sus hijos y hacer de ellos ciudadanos sanos y libres es desalentadora. Siempre ha sido difícil, y ahora, al ritmo frenético que imponen los tiempos modernos, puede resultar heroico. Es decepcionante el nulo interés que demuestran los políticos, en general con escaso sentido de Estado y siempre pendientes del corto plazo, por buscar una vía para la reconciliación familiar, laboral y vital de la ciudadanía.

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